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Tokio

05.08.23 — Tokio

Prepárate porque esta publicación va a ser larga. Prometo que valdrá la pena aun así, ya que hay todo tipo de dramas y sorpresas por el camino…


Mi viaje al aeropuerto empezó como suelen empezar cuando ya he gastado mucho en mis vacaciones y estoy intentando ahorrarme los 30€ del taxi: me encontraba arrastrando mi maleta por las calles de mi barrio y al tren con destino a la Terminal 4. Una vez allí, facturé la maleta y pasé por el control de seguridad para empezar un listado de cosas que tenía que hacer antes de coger el primer vuelo: cenar, ponerme los calcetines de compresión y ver exactamente qué documentos tendría que presentara al llegar en Japón.

Como ves, no estaba muy preparado.

Justo me dio tiempo a cambiarme y rellenar el formulario de inmigración antes de acercarme a la puerta de embarque y llamar a mi tía por teléfono. Nada más empecé a conversar cone ella, la conversión se cortó por una llamada de embarque que nos obligó a empezar a subirnos al avión.

Este fue el primero de dos vuelos que me llevarían hasta Japón para mi primera experiencia en el país y en el continente asiático en general. Ante la idea de un viaje de 17 horas, había planificado detalladamente las actividades que haría en el vuelo y tenía pensado dormir todo lo que podía durante este primer tramo del viaje.

La emoción del viaje y el agobio del transbordo inminente no me dejaron dormir mucho. A pesar del antifaz estupendo que nos regaló Qatar Airways (me quedé con los dos de los dos vuelos, muchas gracias), solo conseguí dormir un par de horas al final, pero ver como salió el sol en matices de rojo y morado sobre los desiertos de Arabia Saudí recompensaba bastante.

Acto seguido, aterricé en Catar para hacer el transbordo al siguiente avión. Al hablar con una pareja española a mi lado, descubrí que también iban a Tokio, por lo cual me alegré al volverme a topar con ellos en el Aeropuerto de Doha mientras todos íbamos dirigiéndonos hacia la puerta. Al final llegamos perfectamente: no había que correr literalmente en ningún momento pero tampoco tuvimos que sentarnos. Próxima parada: ¡Tokio!

El segundo vuelo pasó sin incidentes y en nada llegué al Aeropuerto de Tokio. Mientras me acercaba a inmigración por las cintas transportadoras, le mandé un mensaje a Inés, mi ex compañera de trabajo con que iba a pasar la segunda parte de mi viaje por Japón. Le comenté como me había fijado en las musiquitas que tenían los vehículos aeroportuarios, un cambio al pitido constante que se suele escuchar en Europa.

Fue entonces cuando me uní a la cola para cruzar la frontera y empezó la diversión. Tras sacar mi pasaporte de mi bolsillo para presentarlo, lo abrí y descubrí – para mi horror – que se había roto por la mitad.

Joder.

En lo que supongo fue un acto de lucha o huida, me eché a reír. Nunca había estado tan lejos de casa así que claro que el único documento imprescindible que llevaba se iba a romper. Una combinación de resignación al hecho de no poder hacer nada y el delirio causado por la falta de sueño me impulsaron a seguir caminando. Sujeté el pasaporte como podía para intentar disimular la ruptura y decidí que no me quedaba otra que explicar la situación y esperar que tuvieran piedad de mí.

Para mi alivio, nadie me dijo nada y se escaneó perfectamente el pasaporte – dos veces, ojo – sin incidencia. Ahora definitivamente dentro del país, recogí la maleta y salí a buscar un taxi.

El aire húmedo y caliente que me pegó al salir de la terminal no me ayudó nada mientras intentaba averiguar el funcionamiento de la parada de taxis. Al final me rendí, pedí un Uber y me vi teniendo que lanzar mi maleta y luego a mí mismo por encima de una barrera de concreto para llegar a donde había aparcado el taxista. Reflexionándolo, estoy seguro de que el espectáculo de este salto se veía bastante sospechoso, pero en ese momento andaba demasiado cansado y sudado como para que me importara un bledo.

Luego pasé el viaje en taxi pensando en el asunto a mano. Mi pasaporte roto me había servido para entrar, pero temía que quizá no valiese para salir, y aún no había experimentado Japón así que no sabía si iba a ser un sitio grato en el que encontrarme atrapado. Aún estaba angustiándome en mis reflexiones cuando el taxista anunció que habíamos llegado al hotel. Sin embargo, ninguno de los dos podíamos ubicar la entrada, así que él se bajó del taxi y pasó unos cinco minutos dando vueltas en búsqueda de la misma. Le dije que yo bajaría también a echarle un cable, pero insistió que me quedase quieto.

Una vez ubicada la entrada del hotel, pude registrarme y por fin tumbarme en la cama. En esos momentos ya había tomado mi decisión: mañana tendría que ir a la embajada británica.


Ojalá pudiera compartir unas anécdotas graciosas de mi primera mañana por Tokio, pero tuve que realizar una serie concreta de tareas así que todo fue muy mecánico. Fui a sacar dinero de un cajero, me conseguí una abano para el transporte público, le cargué con unos yenes y me acerqué a la embajada a ver si podía hablar con alguien.

Llegué sudando tras tan solo cinco minutos de camino de le estación de metro a la embajada: la humedad veraniega en Japón es un adversario importante. En la puerta de la embajada me dijo el portero que no podía presentarme sin cita previa (un aprendizaje vital importante) y que llamara a no sé qué número. Entonces pasé un rato caminando de un lado a otro en frente del edificio mientras hablaba por teléfono con una tía muy maja por teléfono. Me dijo que buscara la página web sobre los ‘documentos de emergencia para viajar’ en la web del gobierno, después de lo cual le colgué en cuanto podía sin faltar el respeto en un intento de controlar los cargos adicionales por llamadas internacionales.

Pues nada, de vuelta al hotel. Había estado en Tokio medio día y no había visto nada que no fuera el hotel, el metro y la maldita embajada. No esperaba que la primera foto del viaje fuera así, pero razoné que ya que estaba pues que debería aprovechar para sacarle una foto al edificio de la embajada británica, así que aquí la tienes.

Me encontré muy pegajoso del sudor y muy mosqueado por haberme quedado así sin conseguir nada. Me volví a meter en el metro y volví al hotel, donde rellené el formulario digital y me puse a hacer gimnasia al intentar conseguir un selfie bien iluminado sobre un fondo liso para el documento nuevo. Luego me duché y me volví a echar a la cama a dormir la siesta. A pesar de la intriga generada por mi primer experiencia de Tokio en el metro, solo podía pensar en el cansancio que tenía.

La siesta me vino bien al final. Me desperté y vi un mensaje que había recibido mientras dormía y que me informó que habían aprobado mi solicitud y que esperara a que me mandaran instrucciones para ir a recoger este nuevo documento. Con la situación aparentemente resuelta, decidí que tocaba llamar a mi madre y contarle todo el drama que se había montado. ¡Nos echamos unas risas sobre mis desgracias!

Energizado de la siesta y de la tranquilidad de saber que estaba todo en orden, por final salí a explorar las calles de Shibuya, la zona de Tokio en la que me estaba quedando. Por final pude asimilar las vistas, los sonidos y los olores de la ciudad. Paseé por una calle principal llena de tiendas y restaurantes, pero vi que la mayoría se habían cerrado para la noche. Inés me había avisado que los sitios cierran temprano en Japón, pero por razones obvias, se me había olvidado por completo.

Este cruce se convirtió en casa durante los días que pasé en Tokio.

Por el camino descubrí una tienda que en nada se volvería en un sitio muy querido para mí: Family Mart. Estos convenis se encuentran por todos lados, pero me encantó su selección extensiva de comida, en concreto su oferta de todo tipo de pollo recién frito. Para mí, no hay ningún otro alimento en este mundo que sea más reconfortante que el pollo frito, así que me cogí una pieza para llevar y me la acabé mientras caminaba por la calle.

Hablando con Inés por WhatsApp, me ayudó a encontrar un restaurante de curry japonés, pero al llegar descubrí que estaba cerrado. Esta vuelta me había llevado al barrio bastante chulo de Ura-Harajuku, en donde eché un ojo a las tiendas eclécticas antes de toparme con otro Family Mart. Pillé algo más de comer y seguí con mis exploraciones, resignado al hecho de que tendría que cenar picoteo puesto que ya era demasiado tarde como para encontrar ningún restaurante abierto.

Luego me encontré por Omotesandō, un barrio famoso por ser muy pijo y por su arquitectura impresionante. Vi todo esto mientras cenaba un sándwich de huevo y cerdo del Family Mart. Al cansarme volví a la estación de Shibuya para visitar uno de los sitios más emblemáticos de Tokio.

La siguiente parada en mis exploraciones fue el famoso cruce, que yo pensé que tenía un formato único pero resulta que hay muchos del estilo por todo Japón. No obstante, este es el más famoso, con su cruce enorme en diagonal que permite que los peatones atreviesen en el sentido que mejor les venga. Iluminado por las pantallas y los neones montados en los edificios que enmarcan la plaza, se convierte en un espectáculo impresionante al cambiar los semáforos a verde.

Tras quedarme un rato viendo a la gente cruzar en todas las direcciones posibles, me uní a la gente que se metía por la calle grande que se encuentra en el centro de la foto de arriba, justo debajo del luminoso de IKEA. Este camino me llevó a un laberinto de calles llenas de luces brillantes y un ambiente eléctrico creado por las personas que estaban cenando, bebiendo y explorando al igual que yo. Compré una bebida de otro Family Mart y me puse a explorar la zona un buen rato.

Sentí que por fin estaba experimentando los lugares más icónicos de Tokio.

Luego se me durmieron las piernas, se cerraron los restaurantes y una animación mona con su canción acompañante anunció la llegada de las 10pm en una de las pantallas publicitarias. Pensé que esto valió como señal de que debería irme a dormir, así que volví hacia el hotel, contento de que había conseguido ver algunos de los sitios que figuraban en mi lista pequeña de sitios a visitar a pesar de una mañana perdida. He de decir que el hecho de que yo llegara en Japón sin haber investigado nada ni tener ninguna expectativa de como sería me vino bien al final…


El desfase horario me tuvo despierto y de pie muy temprano el día siguiente, pero esto fue cosa buena ya que me permitió hacer cosas antes de que llegara el calor del mediodía. Me puse las pilas y cogí un tren una sola para para visitar un templo cercano, el primero de muchos que vería durante mis quince días en el país.

La tranquilidad mañanera y el entorno natural del Santuario Meiji Jingu contrastaron mucho con la sobrecarga sensorial que supusieron las calles de Shibuya. Entré en el santuario por debajo del primer torii (las puertas tradicionales japonesas) y seguí el camino ancho entre los árboles. Pasé por unos contenedores de sake (un vino claro hecho de arroz) y unos barriles de vino tinto francés. Estos productos se habían donado por sus productores a modo de ofrenda.

Como te puedes imaginar, las linternas me encantaban.

Pasado por un par de torii más, eventualmente llegué al santuario en sí, que aún estaba casi vació. Aprendí la manera correcta de dar mis respetos, saqué alguna foto y luego me fui, ya que el calor había empezado a sofocar y quería volverme a duchar antes de seguir explorando.

El mercurio seguía subiendo así que decidí que mis actividades de tarde deberían tener lugar en un espacio interior. Para eso, miré las recomendaciones que me había dejado Inés unas semanas antes de mi llegada. Vi que el Centro Nacional de Arte tenía una exposición de las obras de la Colección del Tate que exploraba el uso de la luz dentro del arte en sí. Sabía que simplemente tenía que ir.

El centro y su estación de metro suponen obras de arte en sí, tal y como el Guggenheim en Bilbao que visité hace un par de años. La exposición fue fantástica, habían prestado mucha atención y consideración a cada aspecto de la ruta, las obras mostradas y la información que explicaba su inclusión. Me topé con unas obras de artistas que admiro mucho, como Dan Flavin o James Turrell, pero también me enamoré de otras pinturas y artistas por el camino.

Tras comprar unas postales en la tienda, me senté a comer un poco antes de pisar valientemente el mundo exterior. Me fui directamente a la estación de metro, cogí un par de trenes y luego volví al superficie al lado de otro punto de interés que quería ver: la Torre de Tokio.

No me esperaba encontrar un santuario antiguo al lado de la torre.

Me alegró la sorpresa de ver la torre enmarcada por una serie de edificios que formaban otro santuario. Pasé un rato andando en la búsqueda de un ángulo bueno para sacarle una foto a todo. El sol brillante y las nubes complicaron un poco la tarea, pero hice lo que pude. No dejes que las nubes te engañen, sin embargo: hacía un calor insoportable.

Me refugié en los jardines del santuario para acabar una bebida que había comprado de una de las muchas máquinas expendedoras que se encuentran en cada esquina. A pesar no confiar mucho en estas máquinas al principio, llegué a verlas más bien como un servicio público imprescindible, ya que ofrecen bebidas frescas que te reviven cuando te haga falta. También descubrí que podía pagar las bebidas con mi abono de metro. Extraño, pero útil.

Menos mal que me topé con el templo: ofrecía algo de sombra.

A pesar del refresco y la pausa, me seguía encontrando un poco mareado, uno de los primeros síntomas de un golpe de calor. No quería perder más de mi tiempo en Tokio que ya había perdido con el fiasco del pasaporte, así que volví al aire acondicionado intenso del metro y luego al hotel para una siesta bien necesaria.

Ahí cometí el clásico error de no poner un despertador antes de dormirme. Como consecuencia, me desperté mucho más tarde que quería y tuve que efectuar un cambio de planes, yendo directamente al barrio de Kabukicho en vez de las orillas del puerto. Esta zona se conoce por sus luces y su vida nocturna, algo que vi nada más bajarme del tren.

Al igual que Shibuya, Kabukicho pulsaba con gente, luces y ruido.

Este sitio parecía un Shibuya multiplicado, con una cantidad loca de gente, ruidos, olores, luces fuertes y un ambiente generalizado que no se puede expresar ni con palabras ni imágenes. El conjunto hasta me llegó a marear un poco, pero aún así me metí por sus calles a explorar. Cené comida callejera para sostenerme mientras seguía el flujo y la marea de la multitud, haciendo poco más que simplemente asimilarlo todo.

Después de un rato explorando ciegamente, se me acercó un tipo sospechoso que no me dejaba en paz. Le dije severamente que se me alejara, cosa que afortunadamente hizo sin protestar, pero vi esta interacción turbia como una señal de que debería irme a otro lado y así explorar el otro sitio que quería visitar antes de que acabara la noche: Akihabara.

Llegué al barrio bastante tarde y inmediatamente me perdí, cosa que pasa cuando me atrevo a creer que sé más que Google Maps. La zona se conoce por su oferta de productos relacionados con el anime y los videojuegos, pero yo tardé tanto en ubicarme que casi todo estaba ya cerrado cuando por fin encontré el centro del barrio.

Esta tienda se encontraba por todos lados y vendía un poco de todo.

Pasé un rato breve andando por la zona, que por la razón que sea me recordaba a Blackpool. Seguro que es por los colores vivos y el ruido visual creado por las fachadas abiertas de las tiendas con su iluminación potente y severa. Ya sabes a donde ir si quieres una experiencia japonesa auténtica con poco presupuesto: el pueblo chungo de Blackpool en Lancashire, Reino Unido.

Tras hacer una nota mental de este consejo inestimable de viaje, busqué la estación de tren más cercana y regresé al hotel para echar una hora viendo la tele y escribiendo mi diario del viaje. En este mismo diario apunté que me sentía “satisfecho y relajado, aunque tanto pollo frito no me puede estar haciendo mucho bien”. Supongo que había acabado pasando por otro Family Mart antes de acostarme…


A pesar de mi noche relajada de televisión y pollo frito, me desperté nervioso ya que aún no había novedades de la embajada. Les llamé y acabé hablando por teléfono durante unos veinte minutos, cosa que me saldrá muy cara. Eran muy serviciales, sin embargo, avisándome que mi documento de viaje se había impreso y que se encontraba de camino de Singapur a Japón. Contento con esta actualización, me preparé y salí a explorar otro del sinfín de barrios que ofrece Tokio.

Esta vez fui a Ginza, otro barrio pijo lleno de tiendas caras en las que nunca compraré, tanto por falta de interés como presupuesto insuficiente. Había una que sí que tenía que visitar, sin embargo, cosa que haría en cuanto lograba salir del centro comercial enorme en el que me había dejado el metro.

Una vez ubicada la calle me acerqué a Itoya, una tienda enorme de papelería que cuenta con nueve plantas de papeles, bolígrafos y todo tipo de productos que nos vuelven locos a los diseñadores. Ahora que lo digo, no creo que solo seamos los diseñadores: ¿a quien no le va a gustar un poco de papelería?

La única cosa mejor que la papelería es la papelería cuidadosamente ordenada.

Como te puedes imaginar, salí de esta tienda con la cartera más ligera que al entrar. En mi bolsa llevaba una carpeta de hojas y sobres de verde lima, una selección de bolígrafos que había elegido en base a si los utilizaría Barbie y unos sellos de guacho que probablemente nunca usaré pero que lucirán guay en mi escritorio.

Desde allí fui a visitar Sensō-ji, otro templo budista que se encuentra relativamente cerca a Ginza. Este templo cuenta con un edificio principal y pagoda muy bonita, pero fue la calle que lleva al núcleo del complejo que me parecía lo más interesante. La calle está bordada por una serie ininterrumpida de puestos que ofrecen todo tipo de cosas: comida, recuerdos y postres locales. Será una trampa para turistas en toda forma, pero la vi como un sitio ideal para curiosear y observar a la gente.

Luego llegué al edificio principal del templo y te juro que en el momento que traspasé el umbral, me sonó el teléfono. Eran los de la embajada: mi documento había llegado y podía ir a recogerlo ya. Aliviado y agradecido, les dije que estaría allí dentro de una hora – una cifra que me había inventado basado en nada. Colgué, me pregunté durante un momento si debería convertirme en budista y volví al metro.

Los detalles curvos de las pagodas son una pasada.

Acabé llegando un poco tarde a la embajada, más que nada porque me había distraído sacando las fotos de arriba del templo y sus jardines. No supuso ningún problema y en breve ya estaba sentado y hablando con una trabajadora a través de una pantalla de plexiglas mientras me presentaba con mi nuevo documento bonito. Me esperaba una simple hoja de papel, pero lo que me dio fue un pasaporte de azul cian brillante que mostraba el selfie horroroso de la habitación del hotel que me había sacado unas 48 horas antes.

He de decir que el personal de la embajada eran muy profesionales durante todo el proceso, un sentimiento que expresé mucho a la tía que me atendió. Le dio repetidamente las gracias y acabamos hablando un rato. Se me ha olvidado su nombre, pero hay gente guay haciendo un trabajo estupendo en la embajada británica en Tokio.

Agarrando mi pasaporte de emergencia como si fuera mi primer hijo, volví directamente al hotel para fajarlo bien y dejarlo cuidadosamente dentro de la caja fuerte. Este recado inesperado había vuelto a fastidiar mis planes, pero había un viaje pendiente que podría realizar esa misma noche. Para llegar al sitio, cogí una serie de trenes que me llevaron por encima de las calles y al lado del famoso Puente Arcoíris – aunque no se encontraba iluminado en un espectro de colores, para mi gran decepción.

Las pilas de carreteras, pasarelas y vías ferroviarias son una locura.

El tren me dejó en Team-Lab, una experiencia interactiva que me había recomendado Inés puesto que el medio principal que utilizan es la luz. Emocionado, me compré una entrada, vi el vídeo instructivo, me descalcé según indicado y me metí dentro.

La ruta por la exposición fue una auténtica locura. Hubo fuentes de agua, zonas táctiles, una sala enorme de luces interactivas, bolas de luz multicolor y hasta un cuatro lleno de agua hasta las rodillas que se veía iluminada con proyecciones de peces y flores. ¡Una pasada!

Este pasillo misterioso de luz me guió hasta la primera sala de la exposición.

Me encantó esta sala de píxeles colgados que creaban efectos tridimensionales.

Al volver a las taquillas de calzado, supuse que se había acabado la experiencia, pero me indicaron que había una segunda parte. Tras deambular por un jardín lleno de habas iluminadas enormes, entré en otro jardín, siendo este mucho más abstracto que el anterior. Esta última instalación contó con columnas verticales formadas por plantas reales y vivas. Estas columnas se movían rítmicamente hacia arriba y abajo, creando un efecto visual precioso de un océano de flores.

Luego me volví a calzar y regresé al mundo real, en donde pagué otra visita al Family Mart para conseguir algo de cena: aún no había conseguido alinear mis biorritmos con las horas de las comidas en Japón. Comida en mano, cogí el tren un par de paradas y hasta un sitio que había descubierto para recrear mi experiencia en Nueva York, en concreto la última noche que pasé viendo la siluetea de la ciudad sobre el agua.

Tokio no decepcionó. Pisando la arena de una playa inesperada, me senté encima de un muro bajo para apreciar bien la panorámica que había en frente de mí. Observaba un mar de edificios altos coronados por luces rojas parpadeantes para los aviones, pero más que nada me llamaba la imagen del Puente Arcoíris y los reflejos de sus luces que bailaban sobre el agua.

Menudas vistas tenía mientras me comía un sándwich.

Tras acabar mi cena, di un paseo por la playa, deteniéndome únicamente para leer una seña de instrucciones sobre que hacer en caso de tsunami, un recuerdo duro de donde me encontraba. Alcancé la próxima parada de tren y corrí hasta su andén para coger uno de los últimos trenes de la noche. Regresé al centro urbano y al hotel para pasar mi última noche en esta ciudad enorme.


El día siguiente me sonó temprano el despertador, obligándome a levantarme, hacer la maleta y salir. Dejé mi maleta en recepción y salí para experimentar una última cosa antes de irme de Tokio. Este viaje me llevaría a un sitio que había intentado visitar dos veces durante los días anteriores, pero mis planes se habían fastidiado por una razón u otra – normalmente por el maldito pasaporte problemático.

Me subí a una de las líneas de metro musicales y no desembarqué hasta su fin, dónde otra vez me encontraba dentro de un centro comercial enorme y confuso. Eventualmente encontré la taquilla que buscaba y salí a una terraza que me presentó de manera dramática lo que estaba al punto de experimentar: el Tokyo Skytree.

Aquí no hay ningún efecto óptico, es verdaderamente así de intimidatorio.

Compré una entrada, me acerqué a los ascensores y me subieron 350m en el aire en tan solo 50 segundos. Se me destaparon los oídos, se abrieron las puertas y salí del ascensor a empaparme en las vistas desde la primera de las dos plataformas que visitaría. La panorámica sobre la ciudad era, como te puedes imaginar, impresionante. Los edificios altos desde dónde había subido ahora parecían juguetes de plástico alineados en una retícula perfecta.

Pasado un rato me subí a otro ascensor que me elevó 100m más hasta una altura total de 450m. Tras unos días de explorar Tokio a través de su transporte público, por fin pude apreciar bien la amplitud de la jungla de hormigón en la que me encontraba. No lo sabía en el momento – de verdad que no investigué nada antes de viajar más allá de hablar con Inés – pero en aquel momento yo estaba encima de la torre más alta del mundo viendo la ciudad más grande del mundo. Como se puede ver en la foto de abajo, la expansión urbana sigue hasta el horizonte y más allá. Una locura.

Al volver al nivel del suelo, volví al hotel y recogí mi maleta para irme de Tokio y a la siguiente ciudad en esta, mi vuelta por Japón. Me había comprado un abono ferroviario para poder viajar de manera ilimitada por todo el país durante una semana, un concepto que me parece flipante. Para aprovecharlo al máximo, navegué por la estación de Shibuya hasta encontrar los andenes del Shinkansen: me tocaba coger un tren bala por primera vez.

Después de tener que correr de un andén para otro al darme cuanta de que estaba en el lado equivocado, me metí en una cola corta para subirme al próximo tren con destino al sur. He de decir que soy muy fan del sistema japonés de tener líneas pintadas en el suelo para que las personas formen una fila ordenada para subirse a todo tipo de trenes. Propondría que se introdujera el mismo sistema aquí en España, pero bien sé que nadie le haría caso ninguno.

Ya en el tren, pasé un rato luchándome con el compartimento de equipaje. Al final me rendí y me resigné a subir mi maleta pesada al estante superior. Este pequeño retraso significó que todos los asientos en el lado derecho del tren se encontraban ocupados, una pena ya que quería sentarme allí para ver si podía ver el Monte Fuji desde la ventana al pasar por esa zona. Esto se solucionó con unos cambios rápidos de butaca al bajarse otros del tren, así que por fin pude sentarme en un asiento al lado de la ventana. Allí, saqué mi libro de sudokus de la mochila y me acomodé para el resto del viaje.


Seguro que puedes apreciar que los primeros días que pasé en Japón fueron una auténtica locura. Vi y experimenté tantas cosas, entre ellas mi primer contacto con la embajada británica al pesar de llevar cinco años o más viviendo fuera del Reino Unido. Tokio es una ciudad impresionante que se me hizo arrolladora, pero en un buen sentido. Digo esto porque al ver las fotos y reflexionar sobre lo que hice, aún estoy observando más detalles sobre todos los aspectos del lugar.

Ha sido una entrada muy larga, pero en breve volveré con la próxima edición sobre los quince días que pasé viajando por el país nipón.

Entre vacaciones

02.08.23 — Madrid

Tras aterrizar en Madrid después de un finde maravilloso en Viena, quedaba poco para mis próximas vacaciones. A pesar de este hecho y el calor cada vez más insoportable, acabé haciendo bastantes cositas antes de irme para disfrutar de un viaje importante.

Una tarde salí a dar una vuelta por mi barrio, cosa que siempre me lleva a descubrir novedades. Me topé con unos locales abandonados en una calle que no conocía. Luego pasé media hora buscando una tienda que me vendiera un cuadernillo para luego echar el resto de la tarde por el río bocetando y tomándome una cerveza en una terraza.

Me tumbé en el césped debajo de este árbol para ver el atardecer.

Mi finde de autocuidado siguió con un sábado que pasé por el centro de Madrid. Subí a hacer algo que no suelo hacer a no ser que me vengan a visitar: ¡fui a desayunar churros! Claramente tuve que acercarme a San Ginés para disfrutar de esta tradición madrileña. Allí me senté y pasé un rato tomando mis churros, chocolate y café mientras veía los turistas pasar.

San Ginés es un sitio mítico de la ciudad y debería ir más.

El día siguiente volví al río cerca de mi casa, dónde pasé un rato caminando por la mañana y luego por la tarde, pasando el mediodía por casa debajo del aire acondicionado. El mes de julio siempre me cuesta, ¡creo que nunca me acostumbraré al calor veraniego!

A saber porque habían atado estas llaves a un árbol…

Esa semana también tuve la oportunidad de reencontrarme con un antiguo profesor de español – ¡menudos recuerdos! Estaba por Madrid de visita así que le llevé a tomar unas tapas y cañas como tiene que ser. Fue un gusto volverle a ver después de lo que tienen que ser ya unos diez años como mínimo… ¡madre mía!

La semana siguió con muchos planes: una tarde de cócteles con Sara, un par de llamadas con Cake Club, unas copas con mis colegas de natación al acabar el curso y luego una reunión con Nacho. Fui a verle en su ciudad de Praga a principios de este año, pero esta vez le tocó a él volver a su ciudad natal de Madrid. Juntos pasamos una tarde maravillosa tomando cócteles, cenando pizza y conversando sobre los temas importantes como solemos hacer.

No suelo subir al centro pero es verdad que tiene unas vistas preciosas.

Enseguida llegó el finde y pasé la mayoría del sábado haciendo la maleta antes de que me invitara Luis a acompañarle a la finca de su familia. Hice lo mismo el año pasado antes de irme a Canadá, así que parece que mis viajes a la finca justo antes de irme de viaje se está volviendo en costumbre.

Eso es todo por ahora, ya que mi siguiente entrada de blog nos llevará mucho más lejos de casa que la finca en las afueras de Madrid…

Aterrizar en unas prácticas en diseño

16.07.23 — Madrid

La siguiente entrada es una que originalmente escribí y publiqué en 2016 al pedirme mis compañeros de Erretres que reflejara sobre mi experiencia en encontrar unas prácticas como estudiante de diseño. Desde que relancé mi web en 2019, la entrada se ha quedado como borrador, pero recientemente la volví a leer y vi que los consejos que di son más o menos los mismos que daría al día de hoy. Es verdad que muchas cosas han cambiado, como la pandemia que impulsó una transformación digital, pero me quedo con los puntos principales. Os la dejo abajo en su versión original sin tocar…

Cuando llega el momento de buscar un trabajo como diseñador, muchos proclaman tener la fórmula mágica para aterrizar en su posición soñada. Soy una cara relativamente fresca en la industria y no puedo declarar que sepa tanto por ahora. No intento con este artículo convencer de que tengo el secreto de la técnica perfecta, lo que haré será compartir lo que sí funcionó para mí como estudiante que se aventuraba en el desafiante mundo profesional.

Me gustaría señalar que buscar un trabajo en un estudio de diseño no es el único camino, puedes trabajar como diseñador dentro de una empresa, lanzar tu propio negocio, trabajar como freelance e incluso cambiar de campo completamente -tengo amigos que han hecho todo lo mencionado anteriormente y les ha funcionado perfectamente.

Volviendo a la idea de trabajar en un estudio, el primer paso y el más abrumador es realmente aterrizar en el puesto de prácticas o el trabajo que quieres. Para aligerar la tarea, reúno a continuación algunas de las ideas que me han funcionado. Allá vamos…

Planea tu ataque

Probablemente tengas una idea sobre el tipo de sitio en el que te gustaría trabajar. Si no es así puedes echar un vistazo en blogs de diseño y explorar quién ha producido los trabajos que te gustan. Existen además directorios como Studio Index con listas de estudios ordenados por localización. Trata de reunir las empresas que te interesan en una lista de mayor a menor interés, así podrás decidir fácilmente cuántas aplicaciones enviar. A la vez, ve llevando el orden de las respuestas que obtienes.

Capta su atención

He podido ver de primera mano que las empresas están inundadas con solicitudes así que es una buena idea que diseñes una aplicación que capte su atención. Ya sea creando una web personalizada o enviando un porfolio impreso abarrotado de golosinas, utiliza tus habilidades creativas para asegurarte que tu aplicación no es más de lo mismo. En mi caso, creé un packaging para mi porfolio impreso, carta de presentación y tarjeta de trabajo, usando tinta verde fluorescente. Una buena fuente de inspiración en la que puedes encontrar ideas interesantes es Flaunt by UnderConsideration.

Personalízalo 

No hay nada más aburrido que un cv en un A4 o un email que claramente se ha copiado. Los diseñadores siguen siendo humanos al final del día, así que descubrí que una buena forma de empezar una conversación era enviar una carta escrita personalmente al director de cada compañía, hablando de su trabajo e inyectando un punto de mi propia personalidad.

Pero a la vez, no les hagas perder su tiempo

Cualquier buena empresa de diseño tiene mucho trabajo, así que hazlo lo mejor que puedas para ser breve e ir al grano. Postularte para un puesto en concreto no es como hacerlo para cualquier otro y no hay un protocolo generalmente aceptado así que si piensas que hay algo que no es relevante no lo incluyas. En lugar de enviar un cv, yo añadí una columna en mi carta de presentación en la que destacaba algunos detalles con un enlace a mi cv online para que lo visitasen si realmente tenían interés en verlo al completo.

Intenta no molestar

Como decía, las empresas de diseño tienen normalmente mucho trabajo y en ocasiones tendrás que hacer un seguimiento de tu aplicación con un email, una llamada de teléfono o, incluso pasándote por la agencia, pero también debes saber cuál es momento de parar. Si se sienten perseguidos probablemente dejes una mala impresión y estarás malgastando tiempo que podrías invertir en buscar otras oportunidades.

Ten suerte o persevera

Si nadie te lo ha dicho aún créeme, recibirás bastantes negativas en el proceso. En alguna ocasión tendrás suerte y encontrarás una empresa que esté buscando a una nueva persona en prácticas o nuevo empleado, como me pasé en Erretres, pero en todo caso vas a necesitar mucha perseverancia. Que un estudio no cuente contigo, no quiere decir necesariamente que pensasen que tu trabajo no vale nada, será probablemente que vuestros trabajos no son compatibles. Tómatelo como ellos evitándote el problema de trabajar en un sitio en el que no encajas y persevera en tu búsqueda – yo y todo el mundo que conozco hemos sido rechazados innumerables veces, pero todos lo hemos conseguido al final. ¡Continúa en tu búsqueda y buena suerte!

Reunión vienesa

12.07.23 — Viena

Han pasado casi cuatro años al día desde la última reunión de Cake Club, un nombre tonto que usamos Heidi, Loredana, Megan y yo para referirnos al grupo de los cuatro que formamos en Madrid en 2018. La última vez nos vimos fue aquí en mi pequeño piso en la capital española, pero no hemos podido volvernos a juntar en persona más que dos a la vez desde esa fecha.

He ido a visitar a las tres en sus ciudades respectivas al menos una vez durante estos últimos años. Fui a visitar a Heidi en Oslo un par de veces, pasé un finde en la casa de Loredana en Viena hace un par de años y luego Megan y yo pasamos un par de semanas juntos el año pasado durante el mes que pasé por Canadá y los Estados Unidos. Ahora podrás apreciar el porqué supone un reto juntarnos a los cuatro: ¡estamos cada uno por un lado del mundo!

Pero resultó que Megan venía a visitar Europa en junio de este año, así que pusimos en marcha un plan pare reunirnos todos en Viena y así pasar el primer finde juntos desde el 2019. Como es de esperar con nosotros, dejamos todo hasta la última hora, por lo cual desafortunadamente Heidi no pudo cuadrar un viaje.

Yo tuve la suerte de conseguir unos vuelos decentes y acto seguido Megan y yo reservamos un hotel para las dos noches que estaríamos juntos para aliviar un poco a Loredana y a su pareja David: ¡todo estaba en su sitio para montar una buena reunión vienesa!


Había cogido el viernes de vacaciones así que salí de mi casa temprano – aunque no lo suficientemente temprano – para acercarme al aeropuerto. Entre la media hora más que eché en la cama y el servicio lento del Cercanías, llegué a la terminal algo tarde y tuve que pasar corriendo por el control de seguridad. Una vez llegado a la puerta de embarque, me di cuenta que me había metido demasiada prisa y que ahora me sobraba tiempo, así que me senté un rato y me puse a revisar cómo llegar al hotel desde el aeropuerto de Viena.

Fue en ese momento que vi que había reservado el hotel para julio en vez de junio. Si no recuerdo mal, hasta reí audiblemente al caer en lo tonto que había sido. Supongo que podía haber entrado en pánico, pero simplemente le dije «adiós» al pago que había hecho para conseguir la reserva y busqué y reservé otro en una cuestión de minutos. Es verdad que me suelo quejar de lo híper conectados que estamos siempre, pero un móvil con conexión a internet decente al final me salvó la vida en ese momento…

Luego volé los tres horas y me subí a un bus de una hora hasta el centro de Viena. Ahí caminé un rato corto hasta el hotel y hice el check in. Desde allí anduve un poco más hasta el piso de Loredana, donde ella y Megan me estaban esperando.

Con los tres reunidos en el apartamento bonito de Loredana, salimos al jardín y echamos unas horas sentados hablando de la vida y poniéndonos al día. Aunque intentamos hacer videollamadas frecuentes entre los cuatro, daba mucho gusto sentarse en una mesa y echarnos unas risas un rato con un té en la mano.

Según avanzaba la tarde nos entró hambre y las ganas de salir. Salimos al centro de la ciudad para tomar algo en una terraza y picar algo antes de que se apuntara David a cenar. No hacía mucho calor así que yo estaba alabando el clima vienés – hasta que de repente vino una tormenta y nos vimos teniendo que apretujarnos debajo de una sombrilla al empezar a caer la del pulpo.

Las nubes grandes debían habernos advertido de lo que se venía…

Lo peor del diluvio lo sufrió David ya que le cayó encima mientras caminaba hasta la pizzería donde nos habíamos metido para cenar: el pobre llegó calado. Echamos un rato riéndonos de su mala suerte, comimos unas pizzas ricas y nos acercamos a un bar de toda la vida para jugar a unos juegos de mesa y probar la cerveza local.

El día siguiente nos tocó a Megan y a mí madrugar en el hotel y acercamos a una panadería para desayunar con Loredana. Tras comernos unos bollos, Megan se despidió de Loredana ya que Lore se iba a pasar la noche de despedida de soltera de su amiga en Múnich. Esto significaba que Megan y yo andábamos solos en Viena: al igual que cuando fuimos juntos a Nueva York.

Entonces, con todas las posibilidades que nos ofrecía la ciudad, ¿qué hicimos? Pues volver al hotel y echarnos una siestona de tres horas, ¡por supuesto!

En nuestra defensa, creo que esta siesta era muy necesaria y fue lo que nos permitió seguir de rumbo por Viena durante el resto del día sin ningún descanso más. Nos levantamos hambrientos, sin embargo, así que lo primero que buscamos fue dónde comer. Megan había hecho sus deberes y sabía exactamente dónde ir para comer como un par de auténticos vieneses.

Como puedes apreciar de la foto, nos pasmamos un poco a la hora de pedir. Pillamos schnitzel, salchichas, ensaladilla de patatas y sauerkraut. Siendo realistas, no sabíamos que los platos iban a ser así de grandes y al final sí que conseguimos comer la mayoría de lo que ves en la imagen. A pesar de la cantidad agobiante de comida, estuvo todo súper rico y fue justo lo que nos hacía falta para pasar el resto de la tarde de pie.

Conseguí captar esta escena vienesa al pasar el carruaje por esta calle bonita.

Ya que Megan ya había estado en Viena un par de días y visto que yo ya visité en 2021, a ninguno de los dos nos llamaba la atención volver a pasar por los sitios turísticos. En cambio fuimos de compras un rato y luego nos acercamos a dos puntos de interés que quería ver Megan. De eso lo único que me acuerdo es que teníamos que ver un portal enorme y luego ir a tocarle el culo a una figura que decoraba una fuente por el centro.

Acabamos en la Judenplatz, una zona central a la vida judía en la ciudad y la ubicación actual de una monumento al Holocausto. Echamos un ojo y luego nos sentamos a beber una cerveza bien fría tras tanta vuelta por las calles. Nos quedamos en esta plaza hasta que el sol se empezó a poner, que fue cuando sugerí que bajáramos al río a ver el ocaso desde allí.

No me esperaba que tuvieran cerveza sin alcohol pero estaba buena.

Megan no había visitado la zona del río – bueno, técnicamente el canal del Danubio – así que supuso una sorpresa grata ver que el área estaba viva con actividad al llegar. Desde ciclistas a músicos y hasta una clase de salsa al aire libre, había mucho más jaleo que la última vez que vine con Loredana.

Bajamos a las orillas del canal y dimos una pequeña vuelta antes de meternos en una terraza para tomar algo y comernos unas patatas fritas. Megan, que tiene muy buen ojo para identificar a los hispanohablantes, observó que los camareros eran argentinos, así que nos pusimos a hablar un rato antes de sentarnos al lado del agua y ver el atardecer sobre la ciudad.

Nuestra tarde idílica llegó a su fin cuando Megan quería unirse a los que estaban bailando salsa mientras yo me luchaba contra la app del consorcio local de transportes para comprarme un billete de tranvía al centro. Tras mi experiencia en Berlín donde tuve que pagar una multa de más de 100€, ando con mucho cuidado al subirme al transporte público en el extranjero. ¡No me atrevo a meterme sin tener mi billete ya comprado!

Eventualmente conseguí mi billete y persuadí a Megan a que dejara en paz a los bailarines de salsa. Los dos nos subimos al tranvía que nos dejó en un sitio dónde yo quería comer Kaiserschmarrn, el postre típico de Viena que consiste en unas tortitas revueltas con azúcar y mermelada. Había pensado en ir al sitio donde me llevó Loredana la última vez, pero al llegar estaba cerrado. Eso sí, por el camino nos topamos con una rave enorme al aire libre en frente del Museo Kunsthistorisches

Aún con hambre y sin nuestro capricho dulce, Megan dijo que deberíamos ir a pillar comida callejera asquerosa da un puesto de salchichas donde nos había dejado el tranvía. Tras verla comer perrito caliente tras perrito caliente de los carritos callejeros dudosos en Nueva York, ¡su sugerencia no me sorprendió para nada!

He de admitir que la Käsewurst (salchicha rellena de queso) que me pusieron dentro de un pan me supo a gloria. Megan también gozó de su cena, una salchicha enorme con cebolla, curry y salsa de no sé qué cosa. Nos sentamos en un banco para así ponerle fin a un día largo por la capital austriaca: había sido fabuloso.

Justo antes de volvernos a subir al tranvía y para bajar un poco la cena cuestionable, cruzamos la calle para ver el edificio emblemático del Hofburg iluminado de noche. Luego volvimos a la parada de tranvía, nos subimos al siguiente en pasar y nos echamos a la cama con una indigestión importante…

El día siguiente era el último de Megan en Viena. Por eso nos levantamos un poco antes y salimos a comer temprano para que aprovechara de sus últimas horas en la ciudad. Tras quedarnos sin Kaiserschmarrn la noche anterior, sugerí que fuéramos a un sitio que se conoce por este mismo postre. Empezamos con algo salado y luego compartimos dos cazuelas enormes de las tortitas revueltas. ¡Habíamos caído en la misma trampa que el día anterior de pedir demasiada comida!

Megan, como la vermontesa que es, insistía que un toque de sirope de arce mejoraría el plato.

Afortunadamente el camarero nos echó las sobras a una caja encantado, así que nos llevamos casi una cacerola entera de Kaiserschmarrn mientras íbamos paseando por las calles y uno de los parques. Luego volvimos al hotel para que Megan pudiera hacer la maleta y para que yo moviera mis cosas al piso de Loredana para quedarme allí la última noche.

Luego me despedí de Megan al irse para París, su última parada en su vuelta europea. Ya en la casa de Loredana y David, me eché a la hamaca que tienen instalada en su bonito jardín. Me quedé allí descansando hasta que volvió Loredana de la despedida de soltera. Me fue una sorpresa ver que estaba muy fresca y con bastante energía.

Decidimos que entonces deberíamos salir de casa y hacer algo para que aprovechase de mi última tarde por la cuidad. Nos echamos a las calles de su barrio para que me enseñara algunos de sus sitios favoritos, entre ellos una cervecería enorme que dejó a las calles oliendo a levadura. Tenían montado un pequeño festival de cerveza, pero se encontraba cerrado ya que era domingo, así que pensamos en ir al centro a ver que tal por allí.

Tras perdernos dos tranvías y sin ganas de esperar al siguiente servicio dominguero infrecuente, echamos nuestros planes de ir al centro a la basura y optamos a pasar la tarde y noche por casa. Pedimos comida asiática rica, nos tomamos unos refrescamos y nos echamos al sofá a ver “Her”, una película que nunca la había visto.

El día siguiente me despedí de Loredana y David por la mañana al sentarme a trabajar desde su salón. Me desconecté justo antes de las tres para ir saliendo a la estación de Westbahnhof, donde cogí el autobús al aeropuerto donde tenía el vuelo de vuelta a Madrid.

El vuelo de vuelta salió con algo de retraso y luego al llegar a Barajas descubrí que el Cercanías estaba averiado, con lo cual llegué a casa muy tarde al final. Todo había valido la pena, sin embargo. Pasé unos días fantásticos por Viena y fue una maravilla volver a pasar un tiempo con Loredana y Megan.

Ya estamos pensando en planes para otra reunión lo antes posible y ya volveré yo a Viena en cuanto pueda para pasar unos días…

Del diluvio al bochorno

04.07.23 — Madrid

Tras una vuelta lluviosa a Madrid, el clima nos alteró con su cambio repentino anual de la primavera al verano. De un día a otro me encontré aguantando un calor de más de 35°, así que ya tocaba ir haciendo planes antes de que suba la temperatura a unos 40°…

Un finde quedamos Sara y yo para el Mercado de Motores, un evento mensual que visité por última vez hace unos seis meses. Este mercado artesanal toma lugar en el Museo del Ferrocarril, un sitio que queda cerca de mi casa, y supone una oportunidad única de pillar unos regalos, comprar buena comida y tomar una pausa entre unos trenes antiguos en su terraza.

Lleno de chorizo criollo y papas al mojo, Sara y yo seguíamos explorando mi barrio con una visita al Matadero, un centro cultural que queda a unos pocos minutos andando. Dimos una vuelta por allí, nos acercamos al río y quedamos en volver al Teatro de Cervantes para ver un espectáculo en algún momento.

La ciudad vuelve a lucir bonita con la llegada del verano.

Para poner fin a un finde ajetreado y un domingo de tareas administrativas por casa, salí a recorrer la ciudad en bici. Este viaje me llevó a la estación de Atocha, por el emblemático Paseo del Prado y hasta el icónico Parque del Buen Retiro. Fue la manera perfecta de refrescarme un poco ya que iba echando leches por las calles madrileñas en el frescor de la tarde.

Retiro por la tarde y sin tanto turista se convierte en el refugio tranquilo que siempre pretendía ser.

El viernes siguiente volví a reunirme con Sara para otro plan, esta vez una verbena. La de San Antonio de la Florida se proclama la primera verbena del año en Madrid, así que nos acercamos a tomar algo y bailar las canciones de Vicco y Blas Cantó un buen rato.

Agotados por tanto bailar y tanto calor, nos sentamos en una terraza para tomarnos unos refrescos con mucho hielo. Allí descansamos mientras el calor diurno daba paso al frescor, después del cual Sara se marchó en autobús y yo me fui a casa en bici. Esta vuelta nocturna me vino de lujo tras una semana ocupada.

El día siguiente quería seguir el rollo de descansar a solas fuera de los límites de mi piso. Cuando ya pasó el pico del calor por la tarde, cogí un libro y subí al Templo de Debod, un sitio fantástico para echarse al césped y mirar el mundo pasar mientras se pone el sol detrás de la sierra. Con una lata de cerveza sin alcohol en la mano, pasé el rato mirando la gente y leyendo un poco de poesía.

El parque en el que se encuentra el templo es un sitio maravilloso.

También es un lugar ideal para ver los atardeceres bonitos de Madrid.

Para concluir un finde de disfrute, decidí salir el domingo por la mañana a dar un paseo temprano por mi barrio. Como suele pasar durante estas vueltas, acabé bajando a la zona del río, donde fui de las primeras personas en entrar en el invernadero municipal al abrirse sus puertas a las 10am en punto.

Dentro de la estructura intrincada de hierro y cristal, disfruté el alivio fresco y me desconecté del mundo durante unos minutos entre la flora tropical de sus salas. Me vi especialmente cautivado por una planta cuyos colores brillantes de rosa y verde lima se vieron acentuados aún más por el sol que entraba por la ventana.

Al salir del invernadero, me planté en una terraza con vistas sobre esta zona y me pedí una jarra de cerveza para refrescarme después de tanto caminar. Me imagino las pintas que tenía al estar allí bebiéndome una pinta a las diez y media de la mañana, pero como actualmente no estoy tomando alcohol la cerveza en cuestión no tenía alcohol – ¡y fue muy necesaria!

Con eso más o menos resumo las últimas dos semanas, cuyo cambio repentino de clima desde un diluvio a un bochorno ha causado un cambio igual de radical en mis planes. Iba a bromear que he pasado de quedarme en casa por la lluvia a quedarme en casa por el calor, pero ahora veo que sí que he hecho bastantes cosas. Supongo que allí está la belleza de este blog, sirve a modo de recordatorio para cuando mi mala memoria me falla.