El partido de béisbol

15.09.22 — Vermont

Retomo mi viaje donde lo dejé en mi última entrada de blog, después de otro día de exploraciones tras una mañana de trabajo en el paisaje pintoresco de Burlington, Vermont…

Otro día más y otra mañana de trabajo me esperaba, a la cual le puse fin cuando salí con Petergaye a comprar algo de comer. Fuimos a un sitio que se llama “Union Jack’s”, una bocadillería que se suponía que era británico pero lo era bastante poco al final. Me hizo gracia ver como interpretaban el estilo británico, con tarjetas regalo diseñadas para parecer billetes de £10 y vinilos en la pared de cabinas telefónicas rojas. Como siempre, tardé un buen rato en elegir que pillarme y me retrasé aún más cuando la servidora no entendía mi pronunciación de la palabra “tomate”. ¡Poco británica la veía!

Después del bocadillo enorme y una galleta igual de grande, me tumbé un rato y acabé durmiendo la siesta. Al volver Megan a casa, los dos nos echamos a la piscina, lo cual fue una idea excelente ya que seguíamos enfrentándonos con el calor y la humedad que no nos rebajan existir sin un sudor constante.

Luego nos tocó vestirnos y salir para las actividades de la tarde. El plan – como seguramente ya habrás adivinado gracias al título de esta entrega – ¡consistió en ir a ver un partido de béisbol! Nunca había visto un partido de este deporte estadounidense, así que andaba con muchas ganas de empaparme en el ambiente y ver de qué iba la cosa.

Nos encontramos con este coche antigua por el camino.

Breen y Adam vinieron a recoger a Megan, Scott y yo y nos acercamos a la casa de Ryan para aparcar. Para llegar al estadio, subimos por una senda turbia que nos llevó por un bosque y luego un cementerio para llegar a nuestro destino. Yo andaba quejándome de la cuesta todo el viaje, pero en nada ya me vi consumido por la emocional al llegar al campo y escuchar a los aficionados aclamar.

Llegamos entre muchas otras personas y había una emoción bastante pronunciada en el aire. La forma del estado de béisbol me pareció curiosa, con todos los espectadores agrupados en la esquina donde pasa toda la acción. Los otros tres lados del estadio no tienen ni butacas, se quedan prácticamente vacíos.

Me había vestido en la ropa más estadounidense que tenía para el evento.

Antes de salir de casa, me habían dicho que era “la noche de los perritos calientes” o algo así. Resulta que esto consiste en la venta de dichos perritos por tan solo 25 céntimos cada uno. Como bien te puedes imaginar, lo primero que hicimos fue acercarnos al puesto de perritos, donde nos avisaron que había un pedido máximo de seis por persona.

Ya sé qué te estás preguntando y sí, todos nos pillamos seis perritos calientes. En nuestra defensa, ¡iba a ser un partido largo y los perritos eran bastante pequeños.

Una pesadilla logística luego se manifestó cuando tuve que hacer un baile delicado para lograr echarle ketchup y mostaza a los perritos mientras sostenía un perrito caliente, la caja con los otros cinco, mi cerveza, mi abanico y mi cámara analógica. Tarea completa, subimos a buscar las butacas, ¡cosa que nos obligó a hacer más bailes improvisados para llegar a nuestros sitios con las manos llenas de perritos calientes!

Los cinco perritos calientes que me quedaban más mi cerveza, ¡todo un sueño americano!

El partido ya había arrancado al sentarnos, así que nos pusimos con las tareas importantes de comer perritos calientes, beber cerveza, corear y vacilar. Megan, Ryan, Scott, Breen y Aaron intentaron explicarme las reglas del juego e intenté seguirlo durante un rato pero luego se me gastó la cerveza ya me entró sed.

Saliendo del vomitorio para buscar más cerveza, acabamos perdiéndonos media hora del partido ya que las colas en los bares ya estaban bien largas. En un momento de repente escuchamos un grito del vomitorio, así que nos dimos media vuelta y vimos el momento que una pelota vino volando hacia abajo.

Pasados unos minutos más este ataque de la pelota volvió a pasar. Esta vez le pegó al chico detrás de nosotros en la cola directamente en la espalda. Disimulaba que no pasaba nada, pero estoy seguro que un golpe de una de esas pelotas tan pesadas tiene que dejar un moretón importante.

Cuando ya volvimos a las butacas, se empezó a poner el sol. Como con cada atardecer en Vermont, este fue impresionante y me tenía subiendo y bajando el vomitorio buscando el mejor sitio para sacarle fotos.

Luego hubo un momento bastante emocionante cuando salió al campo la mascota del equipo de béisbol, el Monstruo del Lago. Iba acompañado por dos chicos con pistolas que lanzan camisetas, así que nos pusimos a gritar y bailar, pero al final nos quedamos con las manos vacías.

Después pasó la cosa más curiosa al empezar a sonar música de órgano en el estadio. Todo el mundo empezó a cantar “Take me out to the ball game, take me out with the crowd…” (“Llévame al partido de béisbol, llévame con el público…”) Naturalmente estuve yo completamente perdido ya que no conocía la canción, pero se me quedó como un momento inolvidable de un viaje que ya había sido increíble.

La próxima salida del vomitorio a coger una cerveza también me dio la oportunidad de pillarme unos regalos. Me compré una gorra azul con una imagen de la mascota del club, una camiseta amarilla con un perrito caliente sosteniendo una moneda de 25 céntimos y un pin con forma de la mascota.

Enseguida tuvimos la suerte de conocer a la estrella en persona, la mascota de los Vermont Lake Monsters. Nos metimos en la cola para darle un abrazo y sacarnos unas fotos maravillosas. Nos lo estábamos pasando súper bien y se nos dio un ataque de risa, así que esta es la mejor foto que hay…

Tras nuestro momento con el monstruo, Megan y yo nos asomamos a un puesto que estaba vendiendo algo que se llama fried dough, masa frita. Resulta que consiste en una ración del tamaño del mismo plato de justo eso: masa de donut que se ha frito. Sabía igual que un donut y vino acompañado por – cómo no – sirope de arce.

Al volver a entrar en el estadio con nuestro capricho, vimos que habíamos estado tanto tiempo fuera que ya se había acabado el partido. Los demás bajaron de las butacas a unirse al picoteo en la primera fila de butacas – ¡ese fried dough era delicioso!

Aproveché la oportunidad de sacarme una foto en las butacas vacías y también unas fotos robadas de Megan y Ryan y otra pareja que estaban descansando con vistas sobre el campo.

Y con eso, mi experiencia en el partido de béisbol llegó a su fin. Había sido una verdadera pasada y algo que nunca había experimentado antes. Tengo que darle las gracias a Megan por organizar todo, fue algo que había estado yo dándole la lata diciendo que quería hacer durante los meses antes de aterrizar en los Estados Unidos.

Para ponerle lazo a la noche acabamos otra vez en Al’s comprando más helado. Pedimos a unas señoras que nos sacaran una foto en mi cámara analógica – tengo muchas granas de compartir esas fotos – y nos pillamos unos helados. Como ya habrás adivinado, estos helados tenían sabor a sirope de arce. ¡No podía haber sido otra cosa!

Megan se muda

14.09.22 — Vermont

Retomamos el viaje tras el finde de camping. ¡Ya era el lunes de la gran mudanza para Megan! Yo tuve que trabajar por la mañana, así que madrugué y bajé a unirme al equipo virtualmente desde la oficina de la casa. Megan ya estaba de pie y metiendo en cajas las últimas cosas, después del cual se fue a recoger la furgoneta que había alquilado para llevar los muebles.

Miraba todo lo que hacía desde la ventana, pero en un momento no podía resistirme a salir y sacarles una foto a todos los implicados en la mudanza. Hacía bastante calor pero Megan, su hermano Scott y su amigo José ya estaban animados y de buena marcha mientras yo estaba atrapado en casa acabado las tareas del día.

Eventualmente acabé el trabajo y me desconecté. Me pasé un rato descansando por la casa ya que me habían encargado con cuidarla mientras los demás andaban echándole una mano a Megan con la mudanza. Sí que es verdad que tuve que hacerme la maleta ya que por la tarde me iba a dónde Megan a unirme con ella y su nueva compañera de casa para pasar nuestra primera noche en la nueva casa.

A Ellie, la perra de la familia de Megan, le gustaban mucho mis calcetines.

Scott me vino a buscar y así fui la última cosa en ser trasladado a la nueva casa. Al llegar conocí a Petergaye, que acababa de instalarse en la otra habitación esa misma mañana. Ella, Megan y yo echamos un buen rato hablando mientras sacaba las cosas de mi maleta y me configuré en mi nuevo hogar para la siguiente semana y media.

Esa tarde, los tres acabamos subiéndonos al coche de Megan para acercarnos al centro de Burlington, donde cenamos unas pizzas delicias y nos tomamos unos cócteles para celebrar el fin de un día largo para todos – ¡a pesar de que logré evitar la mayoría del trabajo manual!

Tras unas cuantas risas al compartir muchas historias gracias, nos acercamos a una institución local (en las palabras de Maureen, no las mías) para tomarnos un helado. Aquel Al’s French Frys parecía el plató de una película de los 70 así que me aseguré de sacarle muchas fotos.

Pedí una tarrina de helado con sirope de chocolate caliente y Reese’s Peanut Butter Cups, unas tacitas de chocolate rellenas de crema de cacahuete que figuren entre mis caprichos favoritos de los Estados Unidos. Fue un postre delicioso sin duda, pero puede que me pasé al pillar algo tan exuberante tras una cena importante de pizza con pollo picante.

El día siguiente me tocó volver a trabajar, así que me reuní con Maureen y Megan por la tarde mientras vacían más cajas y limpiaban los cuartos del piso bajo. Megan y yo compartimos medio bocadillo y una galleta caliente a la hora de comer y luego descansamos lo que quedaba de la tarde. Habían sido dos días demandantes y la humedad y el calor se habían mantenido a lo largo de los dos.

Al final nos levantamos, nos duchamos y salimos para pasar el resto de la tarde noche fuera. En primer lugar fuimos a pillar unos tacos en Taco Gordo, un sitio mono con unos tacos deliciosos y un cóctel gracioso que se llamaba “Ariana Grande” que consistía en dos granizados en espiral.

Me gustaban mucho los estilos eclécticos de las casas por las calles de Burlington.

Taco Gordo era ruidoso, colorido y caótico. Me recordaba a España…

Después de la cena nos acercamos al Centro Universitario en el cual Megan había tenido alguna clase en el pasado. Habíamos quedado en ver allí una obra de teatro que se llamaba “Desperate Measures” (“Medidas desesperadas”). Era una obra de una compañía de drama profesional que estaba visitando el teatro del centro, algo que me recordaba de los años que curré en un teatro en mi pueblo en Inglaterra.

Nos sentamos en las butacas en frente del escenario, el cual reveló que lo que íbamos a ver era un wéstern. Maureen también mencionó que era una comedia – me hizo bastante gracia que iba a ver un wéstern cómico durante mi viaje a los Estados Unidos.

La obra fue bastante graciosa, en parte porque me gustó y en parte gracias a los cócteles que habíamos bajado antes. Eso sí, la trama era muy extraña. Contó la historia de un condenado a muerte que solo podía liberarse si su hermana (una monja) se acostara con el jefe de la policía. Ella luego consiguió engañarle al cambiarse por otra mujer en la forma de una prostituta que estaba enamorada con el condenado y que haría lo que fuera para salvarle la vida.

¿Confundide? Nosotros lo estábamos también.

A continuación, el jefe de la policía se enamora de la “monja” y declara que se tiene que casar con él para que perdone al condenado. Esto implica más movidas logísticas de cambiar a una mujer por otra, esta vez escondida debajo de un velo nuptial en vez de bajo el velo de la oscuridad. Enseguida todo se le echa encima del jefe de policía gracias a un contrato que el sherrif había persuadido a su jefe que firmara, durante lo cual la monja y el sherrif se habían enamorado y se habían casado.

¿Entiendes? Yo tampoco.

El día siguiente y volví a trabajar hasta la tarde, así que las actividades del día se dejaron para un poco más tarde en el día. Megan y yo las arrancamos con unas cervezas baratas en un bar de Burlington que disponía de una terraza bonita. Después volvimos al coche con unos trozos de pizza en la mano que nos los comíamos directamente de los platos de papel mientras íbamos andando.

Hacía buen tiempo y la pizza y la cerveza eran baratas.

Desde allí nos acercamos a un campo de béisbol donde se iba a jugar un partido que se había quedado entre el equipo de Megan y sus amigos y luego otro equipo local. No sabía ni que era el béisbol, pero en breve aprendí que es una versión de rounders, un juego que practicábamos en el instituto. La única diferencia es que los americanos se ponen guantes “por si la pelota nos hace daño a la mano”…

Al empezar el partido, probé un té helado alcohólico. Esta bebida logró lo imposible al ser simultáneamente repugnantemente dulce y demasiado amargo, así que Megan y yo nos acercamos a un supermercado cercano para comprar alguna alternativa.

El supermercado – como todos los supermercados estadounidenses – era grande de más y disponía de demasiadas opciones. Esto me agobiaba, especialmente dado que la mayoría de las bebidas eran mezclas raras y lo único que buscaba era una lata de gintonic ya mezclado. Se nos agotaba el tiempo, así que me pillé la bebida que tenía la pinta de ser la menos horrorosa y volvimos al campo.

Nuestro banco era un lío pero claro que recogimos todo antes de irnos.

It turns out that I made a bad choice, the mojito-style creation that I’d picked up was equally as disgusting as the hard iced tea, but nevertheless I’d still to join everyone in “shotgunning” my can on the pitch. This involved making a hole in the bottom of the can with a key, then opening the top of it and downing the whole thing as it came rushing forth. It was not pleasant.

Resulta que elegí mal: la bebida “al estilo de un mojito” que había pillado era igual de asquerosa que el té helado, pero aún así me vi obligado a unirme a todos en hacer “shotgunning”. Esto consistió en hacer un agujero en la base de la lata con una llave y luego abrir la hebilla para poder beberla toda de golpe. ¡No fue una experiencia muy grata!

Hasta me prestaron una camisa del equipo a pesar de mi falta total de competencia.

Había sido una tarde muy guay, a pesar de derrota de nuestro equipo y las bebidas asquerosas. Iba bastante contento en el coche durante la vuelta a casa, pero ya se me pasó al llegar a casa y zampar unas galletas y un plato de pasta recalentada. Fue muy guay poder unirme al equipo y pasar la tarde, ¡aunque el la única vez que pisé el campo era para beber mi mojito!

Camping pijo

11.09.22 — Vermont

Tras comer en el Lago Champlain y luego hacer una ruta por las islas que contiene con Maureen, ya me había acostumbrado a estar sobre el agua y poco a poco me estaba enamorando de este rincón precioso de los EEUU. Mi primer finde en el país iba a reforzar aún más esta conexión con el agua porque habíamos quedado en ir de camping una noche con Breen y Aaron en las orillas del lago.

El día del viaje empezó con una vuelta por el barrio para sacar a pasear a las perras. Megan se encargó de Ellie, la perra de su familia, y yo me encargué de Libby, la de Breen y Aaron. Esta ruta rápida nos llevo por las calles de Williston y de vuelta a casa para que pudiéramos prepararnos para la noche entre la naturaleza.

Luego nos fuimos hacia el campamento que se encontraba ubicado en un parque nacional en una de las islas del lago. Paramos por el camino para comer en Seb’s donde me procuré un corn dog, un perrito caliente empanado en una masa de maíz dulce y frito. Había probado esta guarrería en Florida unos años atrás y había estado deseando volverlo a probar durante bastante tiempo. ¡Muchas gracias a Megan por cumplir mis sueños más extraños!

Se unieron Breen y Aaron a nosotros para compartir la comida de fritanga y luego los cuatro nos dirijimos a una cervecería local. Me pillé un “flight”, que resulta ser el nombre para una degustación de distintas cervezas artesanales. Megan se cogió lo mismo pero no le gustó la mitad de las cervezas, así que al final acabé bebiendo para dos.

Como te puedes imaginar, llegué al campamento bastante contentito, así que descansé un rato mientras Aaron nos echó una mano (es decir, lo hizo todo) con alistar el sitio para pasar allí una noche de camping pijo. Digo que era pijo ya que no nos vimos expuestos a los elementos, gracias a Breen y Aaron que nos habían conseguido un sitio con una estructura de madera bajo la cual edificar las tiendas. También disponíamos de unas visitas maravillosas sobre el lago.

La hoguera y el lago combinaron para crear una escena pintoresca.

Prendimos bien la hoguera para que nos mantuviera calientes durante la tarde noche. Resulta que lo prendimos demasiado bien – al final estuvimos quemado leña a tal velocidad que nosotros (o mejor dicho, gente menos vaga que yo) tuvimos que volver a la tienda dos veces para comprar más. La hoguera cumplió su función de teneros cómodos mientras abrimos unas cervezas y hablamos hasta tarde, y luego se volvió más útil aún cuando cocinamos unos perritos caliente sobre las llamas.

Luego era la hora de prepararnos el postre para que yo probara otra americanada: los s’mores. Esta comida con su nombre tan raro consiste en una nube tostada que se aplasta con una barrita de chocolate entre dos galletas. Hice el mío lo mejor que pude – quitar una nube tostada caliente de una brocheta y colocarla entre las galletas es un reto logístico más complejo que lo que pueda aparecer – y probé mi primer s’more. Me gustó, pero me quedo firme en mi opinión de que el chocolate americano sabe a queso, así que al final recurrí a las nubes tostadas solo.

Tras una visita a la cabaña de los baños para lavarnos los dientes, nos acostamos para pasar nuestra noche única de camping pijo. Dormí bastante bien a pesar de mi vejiga pesada que me tenía levantándome durante la noche para ir al baño. Esto tuvo su lado bueno, ya que la segunda vez que me levanté fue justo durante el amanecer y así pude ver la salida del sol sobre el agua del lago.

Una vez levantado de verdad, empezamos las preparaciones para el desayuno de tortitas con pepitas de chocolate que – naturalmente – íbamos a empapar con sirope de arce de Vermont. Megan y yo teníamos mucha hambre y poca vergüenza así que decidimos sacar las salchichas que nos habían sobrado de la noche anterior. Las tostamos sobre la hoguera mientras Breen se hartó de esperar a que se calentara su cocina de camping. Al final acabó guardando la cocina y echó la sartén directamente encima de las llamas.

Al terminar el desayuno, los cuatro empezamos a guardar todo, apagamos la hoguera y nos subimos a los coches para volver a la tierra firme. El plan era tomarnos un helado en Seb’s, pero estaba el sitio cerrado así que terminamos tomando algo en una cafetería. Allí echamos un rato leyendo la sección de anuncios para buscar pareja – ¡nos hicieron muchísima gracia!

De vuelta a la casa de Maureen y Terry, guardamos las cosas y yo me senté a escribir las postales destinadas a mis padres, mi hermana y mis tíos. Para enviarlas, solo tuve que salir al jardín, dejarlas en el buzón y levantar la banderita roja para que el cartero supiera recogerlas. ¡Es un sistema muy mono!

Esa noche fue la última que iba a pasar en la casa de los padres de Megan, ya que el día siguiente íbamos a mudarnos a la nueva casa de Megan. Pasamos la tarde cenando un plato de pasta muy rico preparado por Maureen y luego nos echamos en frente de la televisión mientras Megan preparaba las últimas cajas para la mudanza.

Vimos un capitulo de America’s Got Talent, un concurso que busca gente con talento de los EEUU. Un cómico que hacía chistes malos sobre el ciclismo se recibió con abucheos mientras otro que iba vestido de unos pantalones (literalmente) y que hacía chistes igual de malos relacionados con los pantalones fue aplaudido y pasó a la siguiente ronda. Sigo sin entender el sentido de humor estadounidense.

Lago Champlain

11.09.22 — Vermont

Amaneció en un nuevo día en Williston, pero teníamos unos planes interesantes que nos sacarían del barrio y a las orillas del agua en el centro de Burlington. Pero antes de acercarnos hasta allí, me desperté con un chute de energía y decidí que debería salir a correr.

Resulta que esto fue una idea terrible. Llevaba bastante tiempo sin hacer ejercicio así (presagiando una entrada de blog próxima), pero por lo menos conseguí salir un rato antes de volver a casa y tumbarme en la hamaca del jardín. Allí esperaba a que volviera Maureen a casa ya que Megan estaba aún currando en el campamento.

Maureen llegó con un capricho dulce en la forma de unas galletas artesanales que imitan la famosa Oreo. Estaban muy ricas y en nada se convirtieron en un problema ya que siempre había en casa y se volvieron en mi picoteo favorito mientras me quedaba en la casa de los padres de Megan. En fin, una vez comidas las galletas nos echamos un baño en la piscina y esperábamos a que llegara Megan a casa.

Megan se echó una siesta al llegar, después de la cual hicimos la maleta y salimos a hacer lo que habíamos organizado antes: ¡una tarde en kayak! Es un deporte que me gustaba mucho cuando era un Scout y salía por los canales de agua sospechosamente opaca en mi condado nativo de Lancashire, pero esta vez fuimos a remar en la amplitud del Lago Champlain.

El Lago Champlain es una masa de agua que separa el estado de Vermont del de Nueva York, cuyas orillas están rodeadas por una cordillera de montañas que se llaman las Adirondack. Había visto el lago y las montañas cuando habíamos estado comiendo por el puerto, pero esta vez fuimos al club de navegación a vela de la comunidad para pillar un par de kayaks.

El viaje hasta el lago nos llevó por el centro de Burlington y pasamos por unas casas de fraternidad: ¡otra cosa que pensaba que solo existían en las películas americanas! Llegamos, alquilamos nuestro equipamiento y en nada ya nos encontramos encima de las aguas algo inestables del lago.

Fue un gusto estar en el agua y volverme a montar en kayak tras tantos años. Suelo ir muy asegurado de mis capacidades en el kayak, pero en un momento de estupidez y mania por sacar fotos de todo había decidido llevar mi móvil conmigo. Esto me tenía agobiado todo el rato pensando que se me iba a caer en la profundidad oscura del agua, así que empecé mi vuelta por el lago con un tambaleo nervioso.

Los cielos nublados y el agua turbia crearon unas vistas preciosas.

Habíamos salido por la tarde así que el sol ya se encontraba bastante bajo en el cielo, lo cual creó unos espectáculos de luz preciosos al bailar la luz sobre el agua. Nos acercamos al sol y a una playa en la distancia, en donde amarramos los kayaks para descansar un poco porque se me dolía la pierna.

Una vez de vuelta al agua continuamos el viaje, un viaje algo dificultado por o los kayaks o la resaca (nunca sabremos cuál fue) que insistía en llevarnos hacia la izquierda. Eventualmente llegamos al límite de la zona que podíamos explorar, donde paramos a ver a unos tíos lanzarse de una roca al lago. Era un sitio precioso, así que nos quedamos allí un rato hablando mientras el sol entraba por las nubes.

Los rayos de sol y la roca aislada crearon una imagen casi mística.

Luego empezamos a tirar de vuelta al club de deportes acuáticos, que en ese momento ya se encontraba lejos gracias a los dos tramos que ya habíamos remado. Fue un viaje algo difícil gracias a la distancia, el agotamiento y la turbulencia no grata creada por unos barcos que pasaban cerca.

Eventualmente llegamos a tierra firma, donde nos duchamos y nos cambiamos para pasar la tarde en el agua una vez más, pero esta vez de otro rollo. Condujimos la distancia corta por las orillas del lago y aparcamos para entrar en un sitio que se llamaba “Splash”, un restaurante flotante con vistas sobre el lago.

Maureen se unió con nosotros en el puerto, donde pillamos una de las mejores mesas al lado del agua. Un cóctel en la mano, pasamos la tarde hablando y picando mientras veíamos el sol ponerse sobre las Montañas Adirondack. También vimos la vuelta de “The Spirit of Ethan Allen”, un barco que lleva a los turistas a ver el atardecer sobre el agua.

Después de cenar, Maureen se fue para casa y Megan y yo nos acercamos a un bar local donde habíamos quedado en tomar algo con sus amigos. El bar era muy americano, decorado con objetos deportivos y gente que había vuelto de una tarde jugando al beisbol. Nos tomamos solo una copa y luego nos fuimos a casa ya que nos esperaba una agenda llena el día siguiente.

Megan volvió al campamento para la penúltima vez mientras yo desayunaba con Maureen. Luego me llevó Maureen a empezar nuestras aventuras juntos. Había planificado un viaje para los dos que nos llevarían otra vez al Lago Champlain, pero esta vez sobre tierra firma en vez del agua en sí. En el lago hay tres islas principales y nuestro plan era visitarlas a ver las vistas más importantes.

El viaje empezó en el Sand Bar, una barra natural que conecta la tierra firme con las islas. Saqué algunas fotos sobre el lago y nos pusimos a hablar con otra tía que estaba pasando por el lago.

Una vez en las islas, la primera parada fue en una playa pequeña. Desde allí, nos acercamos a un antiguo hotel que contaba con unas vistas preciosas sobre el agua que ahora se había convertido en un espacio de eventos. Después de eso, fuimos a un hotel donde trabajaba Maureen de pequeña y conocimos a la nueva dueña que nos dejo echar un ojo a las instalaciones recientemente renovadas.

Estas butacas se llaman Adirondack Chairs, toman su nombre de las montañas del fondo.

Luego tocaba comer. Para eso, Maureen había quedado en que se apuntara un amigo suyo a comer unos bocadillos con nosotros Los pillamos en una antigua gasolinera que también tenía una tienda bonita y una bocadillería. Me pillé un bocadillo de pavo y todas las guarniciones, entre ellas beicon, queso y pepinillos – ¡los estadounidenses saben montar un buen bocadillo!

Comimos los bocadillos en la terraza del ayuntamiento local y hablé con Michael sobre su experiencia viviendo entre los Estados Unidos, el Reino Unido y España, un trío de países que conozco bastante bien. Mientras hablábamos, una frente fría y nublosa se acercó así que al final tuvimos que volvernos a acercar a la tierra firme.

Al final no nos llovió encima, así que Maureen y yo paramos en una institución local: Seb’s. En esta combinación de tienda, cafetería y heladería compré unos postales para enviárselos a mi familia. Luego nos acercamos al puesto de helados y nos mimamos con unos helados de brownie de chocolate. Estuvieron bien ricos y vinieron con una cereza mona encima. ¡Claro que no podría resistirme a sacarnos una foto a los dos con nuestros caprichos dulces!

En el coche de vuelta a casa, Maureen me enseñó su truco de fiesta de hacer un nudo con el tallo de la cereza en la boca. Lo intenté yo también, pero se me daba fatal a pesar de seguir intentándolo toda la tarde hasta que tocó volver a salir.

Esa tarde fuimos al mismo bar que el día anterior, pero esta vez el ambiente era complemtanete distinto: ¡era el jueves de karaoke! Al resto de los del bar no les veía yo muy animados, así que me apunté con Breen para ser los primeras en cantar. Naturalmente tuvimos que arrancarlo con mi canción de confianza que suelo cantar el los karaoke: Wannabe de las Spice Girls. Luego cantamos muchas canciones, comimos palomitas gratis de la maquina que tenían y nos lo pasamos pipa.

De vuelta a casa, Megan echó unos palitos de mozzarella al horno y le introduje al placer de mojarlos en mermelada. Puede que suene raro, pero es una combinación agridulce que no falla nunca.

El día siguiente fue bastante tranquilo: me eché un buen rato a la piscina, comí y luego salí de compras con Megan para pillar unas cosas para su nueva casa y para nuestros planes para el finde – pero en breve os contaré más sobre eso. Acabamos el día con una cena de comida chine en la casa de Maureen y Terry, que supuso una manera bien regalada de ponerle fin a un día de paz.

Un tour pintoresco de Vermont, desde los casoplones hasta los atardeceres preciosos.

Dejaré esta entrada aquí ya que las actividades del finde después merecen su propia entrada de blog – y también porque estas entradas se están volviendo muy largas y estoy tardando una eternidad en escribirlas. Solo os puedo rogar paciencia mientras intento sacarlas entre mi agenda atareada aquí en Madrid…

Williston

31.08.22 — Vermont

Ahora en los Estados Unidos después de un finde en Montreal, Megan y yo subimos el volumen de la música y fuimos echando leches hacia el primer sitio donde me estaría quedando: la casa de sus padres. Viven en el suburbio tranquilo de Williston en la ciudad de Burlington, la ciudad más grande del estado de Vermont en el noreste de los EEUU.

Llegamos a su casa por la tarde y recibimos una bienvenida fría del aire acondicionado, equilibrada por una bienvenida muy cálida de los padres de Megan, Maureen y Terry. Nos quedamos charlando en su cocina un buen rato, hablando de mi viaje y todo tipo de cosas.

Eventualmente decidí que debería deshacerme la maleta, así que me enseñaron mi habitación. Allí dentro encontré un regalo precioso de una cesta llena de productos locales: caramelos de sirope de arce, decoraciones con forma de una hoja de arce y – por supuesto – un frasco enorme de sirope de arce. ¡Megan no estaba exagerando al decirme que los de Vermont aman el sirope de arce!

Cuando ya tenía las cosas colocadas en su sitio, volvía a bajar a la cocina para cenar. Maureen y Terry habían preparado una cena deliciosa de brochetas de carne con verduras asadas, entre los cuales se destacó la piña caramelizada. ¡Riquísima!

Luego me presentó Megan a su amiga, Breen, que había venido a visitar con su perra, Libby. Los tres salimos a dar una vuelta después de la cena, una vuelta que nos llevó por el barrio de casas enormes. Durante este paseo me contaron un asunto importante en el barrio: las mofetas. Tras años de solo ver mofetas en cuentos de hada y otras historias infantiles, me informaron qué tenía que hacer para evitar que me rociasen con su olor fétido.

Paramos a tomar algo rápido en la casa de Breen, tras lo cual Megan y yo volvimos a casa para acostarnos relativamente temprano – ¡había sido otro día largo de viajes!

Otro día de viajes terminó con una tarde relajante en la casa que sería mi hogar durante la siguiente semana.

El día siguiente madrugué sin querer gracias al maldito desfase horario. Bajé abajo, desayuné con Terry y esperé a que apareciera Megan. Se fue con su padre para firmar el contrato de su nueva casa – más detalles en breve – así que me quedé en casa con Maureen cotilleando.

Al volver Megan, salí con ella y con Maureen para disfrutar mi primera excursión americana. Este viaje nos llevó a Costco, una tienda de venta al por mayor que vende versiones enormes de todo: de papel higiénico a cereales e incluso ensaladas. Me lo pasé bien mirando la gente y hasta me pillé unos calzoncillos nuevos, así que al final fue una visita productiva aunque pasaba la mayoría del rato haciendo observaciones algo groseras sobre el consumerismo.

Luego Megan y yo fuimos a su nueva casa, un sitio bonito más cerca al centro de Burlington. Me hizo el tour de la casa, zampamos unas galletas, bebimos un café y esperamos a que llegara un fontanero a arreglar la ducha.

¡Aquí está Megan con las llaves de su nueva casa fabulosa!

El fontanero llegó bastante tarde, así que lo abandonamos mientras trabajaba para ir a comer en un sitio que había elegido Megan. En este sitio bonito en las orillas del lago nos comimos unos nachos y unos cócteles ahumados mientras pasábamos el rato charlando en la barra.

Dentro de nada los cócteles tuvieron su efecto deseado y nos pusimos a cotillear con la chica de la barra. Le conté todo lo que había visto de Burlington hasta el momento y ella y Megan me contaron que tenía que tener cuidado con lo que decía porque todo el mundo se conoce en el estado pequeño de Vermont.

Comimos muy bien en el puerto del lago.

Después de comer, nos acercamos al centro de Burlington para echar un ojo a la ciudad. Tras pasar por el caos de la plaza principal acabamos en Church Street, la vía principal comercial por el centro de la ciudad. Me compré un gorro que ponía “Burlington, Vermont” como un autorregalo y luego un mixer de cóctel de una tienda de bebidas. Probé un poco del mixer directamente de la botella de camino al coche – ¡demasiado dulce!

Al volver a la casa de los padres de Megan nos lanzamos a la piscina, donde Malory, una amiga de Megan, nos estaba esperando con Maureen. Nos quedamos en el agua durante demasiado tiempo, cotilleando y saltando al agua hasta que nos llamaran a cenar. La cena consistió en unas hamburgueses pequeñas de carne mechada y ensalada de repollo – estuvo muy rico todo.

Bien cenados, nos reunimos en el salón con algunos amigos más para el ritual de lunes que tienen. Esta costumbre reúne a todos para ver el capítulo semanal de “The Bachelorette”. Este programa de reality consiste en un concurso en el cual un grupo de hombres solteros intentan que dos mujeres solteras les inviten a una cita. Era tan malo como te puedes imaginar, pero Breen y yo nos lo pasamos bien criticando lo malo y exagerado que era todo. Bueno, hasta que nos echaron la bronca por hablar tanto. The Bachelorette es un asunto muy serio.

Un descanso para comer el postre me dio la oportunidad de tomar un poco más de azúcar en la forma de unas galletas caseras preparadas por las amigas de Megan, pero ni esto pudo detener el sueño que me estaba consumiendo. Cuando acabó el capítulo, me despedí y me fui a dormir.

Al final, The Bachelorette supuso una buena manera de descansar tras otro día ocupado.

La siguiente instalación en mi serie de aventuras americanas consistió en una visita al instituto donde Megan había estado trabajando durante los últimos años. Estuvo de vuelta al aula durante las vacaciones de verano ya que había un campamento para estudiantes para los cuales el inglés no era su idioma nativo.

Llegamos temprano para que Megan pudiera coordinar el plan del día con los otros profesores, y también para que yo pudiera cotillear los pasillos y aulas del instituto. Me emocionó ver que lucía tal cual lucen los institutos estadounidenses en las películas: desde las taquillas en los pasillos hasta el teatro enorme, y luego las banderas americanas y escritorios individuales en todas las aulas.

Al llegar los estudiantes, me liaron para que echara una mano con las actividades del día. No participé en eventos como las sillas musicales y otras actividades físicas, pero estaba encantado de decorar una magdalena. Dibujé un monstruo morado del cual estuve bastante orgulloso a pesar de la mala notica que tendría que esperar al cierre del día para comérmelo.

Mi monstruo morado, Geoff, se veía bien pero supo mal al final.

Al acabar el día, al llegar los autobuses amarillos a recoger a los estudiantes y al comer mi magdalena, Megan y yo volvimos a casa donde nos encargaron con sacar a pasear a su perra, Ellie. Esta vuelta me expuso a más rincones del barrio, de las casas pintorescas hasta la naturaleza de verde intenso que forma la mayoría de Vermont.

En casa, esperamos a que llegará Scott, el hermano de Megan. Cuando llegó, salimos a comer algo de unos food trucks que habían aparcado en el prado al lado de una tienda rural a unos pocos minutos de casa. Allí probé un bocadillo de ternera y queso que se llama un “Philly cheesesteak” y un refresco asquerosamente dulce. Cenamos sentados en el prado y con la musica bonita de un grupo local de a capela.

Después empezamos tirando para casa, pero nos detuvimos en un prado por el camino para ver el atardecer sobre los árboles. Sacamos bastantes fotos, pero el frescor junto con el desfase horario que me seguía afectando al final hicieron que no aguantáramos hasta ver el sol ponerse debajo del horizonte.

Unos tractores interesantes y un poco de Wes Anderson.

Tuve que probar mi nueva gorra y meterme dentro de este contenedor.

Con la familia entera reunida en el salón, pasé un rato enseñándoles las maravillas de Eurovisión, presentando mis artistas favoritas de la edición de este año. Fue como estar otra vez en Noruega viéndolo, ¡menos el hecho de que estaba todo el mundo bastante confundido por esta tradición tan europea!

El día siguiente fuimos a vivir otra aventura por una zona espectacular de Burlington y Vermont en general, pero esta entrada ya está quedando bastante larga, ¡así que me guardo esa historia para la siguiente!