Nueva York con Megan

25.09.22 — Nueva York

Tras despedirnos e irnos del estado bonito de Vermont, Megan y yo nos encontramos en un avión de rumbo a nuestro siguiente destino: ¡Nueva York! Llegamos al aeropuerto de JFK, esperamos una eternidad a nuestras maletas y eventualmente nos acercamos al metro para que nos llevara al centro de La Gran Manzana. Una vez en el metro, observamos unos de los famosos personajes neoyorquinos: la ciudad realmente es una mezcla de todo tipo de personas.

Luego me sorprendió ver vegetación al salir de la boca del metro más cercana al hotel donde nos íbamos a quedar. Sabía que nos bajábamos en Columbus Circle en una esquina del Central Park, pero que nos dieran la bienvenida unos árboles en lugar de unos rascacielos se me hizo raro. Luego giramos para ver la vista típica de edificios de cristal y nos metimos entre ellos para buscar el hotel.

Nuestra habitación era muy guapa, con vistas sobre el Lincoln Centre y la plaza de en frente que se forma en la intersección de Broadway con Columbus Avenue. Ahora en la ciudad en sí, me preguntaba cómo me sentiría, ya que la última vez que visité hace casi ocho años me dejó bastante indiferente.

Con las maletas deshechas, dejamos el hotel con ganas porque teníamos hambre y yo había decidido que me gustaría visitar Katz’s Deli, un sitio en el sur de Manhattan que se conoce por sus sándwiches enormes de pastrami. Había probado uno la última vez que estuve en Nueva York pero fue en un sitio aleatorio y no me había gustado mucho, así que andaba con curiosidad de probar la versión auténtica.

Llegamos cansados y bien hambrientos, pero nos pusimos a hablar con unos lugareños que dijeron que suelen venir a comer allí y nos indicaron lo que deberíamos pedir para tener una experiencia auténtica. Una vez habíamos descifrado el sistema para pedir, charlamos un rato con el camarero y nos dejó probar el pastrami famoso. Estuvo delicioso y se deshacía en la boca, así que pedí un sándwich reuben como nos habían aconsejado los lugareños mientras Megan fue a pillar unas patatas fritas y cervezas.

El sándwich fue tan delicioso como fue enorme – y menos mal que fuera tan grande ¡dado que nos había costado $26! La verdad que casi no comimos las patatas ya que la mitad del sándwich ya supuso un plato importante. La cerveza casera era muy buena y el ambiente en esta institución neoyorquina estaba eléctrico con gente de todo tipo que se habían juntado para disfrutar las carnes ricas entre pan de centeno.

Ya revividos, paseamos por las calles hasta el Puente de Brooklyn donde habíamos decidido ver el atardecer. El paseo nos llevó por unas vistas interesantes, arte callejera bonita y por el medio de los barrios neoyorquinos más míticos como Chinatown y la Pequeña Italia.

Las calles de estos barrios estaban llenas de gente y actividad, desde terrazas a vendedores ambulantes que vendían y movían sus bienes. El sol ya estaba bajo en el cielo y la hora de oro estaba pintando la ciudad con colores cálidos, así que el camino hasta el puente era muy bonito.

Llegamos al Puente de Brooklyn algo cansados, pero aún así nos montamos y pasamos por el sendero para sacar fotos y disfrutar de los colores del cielo mientras el sol se ponía sobre Manhattan. El clima marcó una diferencia para mejor de la última vez que estuve en Nueva York y crucé el Puente de Brooklyn con mis compañeras de grado – ¡esa vez nos quedamos atrapados en una tormenta de nieve!

Fue muy guay poder ver el puente a esa hora del día.

Al alcanzar el punto medio sobre le puente, decidimos que no avanzaríamos más ya que nos dolían mucho los pies. Descansamos en un banco libre y vimos cambiar los colores del cielo sobre el Puente de Manhattan que se encuentra paralelo al Puente de Brooklyn. Esta paz no duró mucho: llegó un grupo de jóvenes estudiantes y empezaron a gritar a los coches que pasaban que sonaran el pito. Era bastante gracioso, pero pasado un rato nos cansamos de ellos y volvimos a Manhattan y al metro.

También moló estar en el puente sin estar en medio de una tormenta de nieve…

La próxima parada fue Washington Square Park, un pequeño parque que estaba lleno de todo tipo de personajes, entre ellos un tipo que estaba sentado en frente de nosotros que había puesto música relajada en su altavoz. Vino un policía y le dijo que lo apagara, cosa que no le gustó a él ni a nosotros tampoco ya que estábamos disfrutando del rollo. Nos pusimos a hablar con el tío y opinamos igual que él que había asuntos más escandalosos a resolver en el parque que un poco de música…

Después nos acercamos al Comedy Cellar, un sitio famoso de comedia que estaba a unas pocas manzanas. Megan quería pillar entradas a una presentación de comedia allí pero había una cola impresionante, así que hablamos con una chica que estaba repartiendo volantes para el “Grisly Pear”. Decidimos ir allí y pillar una copa ya que andábamos muertos tras una tarde ajetreada.

En nada los cócteles nos habían revivido y andábamos con ganas de ver algo de comedia, así que compramos entradas para la presentación en el mismo lugar. No sabía que me esperaba ya que nunca había estado en un bolo así y había aprendido que el humor estadounidense es algo extraño, pero andaba emocionado al entrar en el teatro pequeño.

La presentación fue muy graciosa a pesar de la cantidad pequeña de espectadores. No podía creerme la cantidad y la variedad de cómicos que se subieron al escenario, que oscilaron entre funciones divertidas y otras que no nos hicieron gracia ninguna. Los cómicos buenos nos tenían partiéndonos de la risa y luego fue muy interesante ver cómo seguían los que no conseguían sacar ni una risa. Fue una experiencia nueva que me encantó.

Megan y yo salimos del club de comedia muy animados y nos encontramos con una pizzería al lado. Allí pedimos un par de trozos enormes y nos sentamos en su terraza para zamparlos y empaparnos en el ambiento nocturno que había en la calle. Desde allí nos tuvimos que colar en un bar para que pudiera ir al baño, después del cual bajamos al metro para ver a unos acompañantes inoportunos: ¡ratas! Les sacamos unas fotos, llegamos (eventualmente) a nuestra parada, compramos unas chucherías de una farmacia 24h y nos fuimos a dormir.

¡Menudo primer día en Nueva York!

El día siguiente me desperté con algo de dolor de cabeza, cosa que Megan solucionó en un instante ya que había salido a comprar unos bagels con queso fresco. Diría yo que fueron los mejores bagels que había probado jamás por su textura gomosa y el queso rico. Después nos subimos a uno de las características más guapas del hotel, una piscina en la azotea que contaba con vistas sobre Broadway. Era pequeña pero un chapuzón en su agua fresca me quitó el dolor de cabeza en un instante.

Bajando a Central Park, luego alquilamos unas bicicletas y nos fuimos a empezar la primera actividad del día, una vuelta por el parque icónico. Tras quitarme el carné de conducir a modo de garantía, los dos nos incorporamos en el flujo de ciclistas que estaban haciendo lo mismo y llegamos a la primera parada: el embalse.

No me interesaba mucho visitar un embalse: los hay bastantes en mi pueblo en el Reino Unido. Solo fue cuando habíamos atado las bicis a una farola y al llegar a las orillas del embalse que entendí por qué valía la pena ir. El espacio abierto creado por el embalse proveyó unas vistas impresionantes sobre Manhattan y los reflejos sobre el agua fueron la guinda al pastel.

Tras esta parada, seguimos hasta el limite norte del parque. Una bajada al lado de unas obras fue muy divertida, pero lo que baja luego tiene que volver a subir. Esta subida tomó lugar en la “Great Hill” (“la gran colina”, un nombre muy apto) y casi me dejó muerto. Perduré un rato y por fin llegamos de vuelta al alquiler de bicis y compramos unos batidos enormes para tener la energía a seguir tirando.

Desde allí pillamos el metro hasta Times Square, donde teníamos una idea en mente. No me interesaba mucho volver a visitar la plaza ocupada y llena de trampas turísticas, pero andamos con un objetivo: conseguir unas entradas baratas para ver un musical en Broadway. Nos incorporamos en la fila enorme que ya se había formado, donde nos informaron que habría una espera de unos 45 minutos.

Hacía calor y estábamos cansados y sudados de la vuelta en bici, pero aún así aguantamos, motivados por la posibilidad de pillar unas entradas al musical que habíamos concordado que queríamos ver: Moulin Rouge. La cola movía lentamente pero constantemente y en una hora ya nos encontramos en la taquilla.

El resto ya es historia: conseguimos comprar un par de entradas para ver Moulin Rouge en Broadway esa misma tarde. Las entradas nos salieron más baratas que lo normal pero no fueron baratas como tal: ¡$115 cada una! Al fijarnos en el plano de butacas nos dimos cuanta que había valido la pasta, íbamos a estar sentados a tan solo dos filas del escenario y un poco a la derecha. Estábamos impresionados y emocionados pero también hambrientos, así que compramos un bocadillo de una bocadillería algo turbia mientras nos emocionábamos más al hablar de la suerte que habíamos tenido.

Ya de vuelta al hotel, subimos el bocadillo a la azotea donde disfrutamos de nuestra comida sorprendentemente deliciosa y nos echamos un baño rápido en el agua fría. Después tuvimos que bajar a la habitación para ducharnos y alistarnos para el teatro: ¡se nos agotaba el tiempo!

Pillamos un taxi al teatro, en parte porque queríamos vivir esa experiencia, en parte porque no queríamos arrugarnos la ropa y en parte porque íbamos contrarreloj. Llegamos con tiempo suficiente como para pedir un gintonic y una botella de agua antes de que empezara la función.

Al entrar en el teatro nos quedamos boquiabiertos. Todo estaba iluminado de rojo y salpicado con lucecitas blancas y el escenario tenía un nivel de profundidad y detalle que nunca había visto antes. Tras sacar unas fotos, encontramos nuestras butacas y empezó el espectáculo.

La función fue todo un espectáculo. La iluminación, las música, el vestuario, la interpretación, el canto, las pirotécnicas, la trama: era todo perfecto. El diseño del escenario y cómo se movía fue un flipe. Supuso un ataque a los sentidos en el mejor sentido de la frase.

En el descanso habían unas colas importantes para ir al baño así que fui a comprar otro gintonic. Decidí permitirme una copa de mi ginebra favorita, Hendicks, pero eso fue un error: ¡me cobraron $34!

El segundo acto luego fue mejor aún que el primero. Me eché a llorar mucho durante los momentos más tristes de la historia y luego el final me abrumó por completo. Fue una mezcla loca de musica y baile y canto y confetis.

Una vez concluida la obra y después de sacar unas últimas fotos en el teatro salpicado por confetis, salimos afuera al aire fresquito y nos pusimos a buscar algo para cenar. Aún andábamos emocionados y las concentraciones de gente que estaban esperando a que salieron los actores fueron una locura, pero las atravesamos y pillamos la cena en un restaurante que encontramos por el camino.

Me pasé al pedir pollo frito con macarrones con queso y ensaladilla de pepinillos: obviamente se me había olvidado que las raciones en los EEUU son enormes. Megan fue más lista y se pilló un para de platos más pequeños. Todo estuvo muy rico, a pesar de mis dudas continuas sobre los méritos culinarios de los macarrones con queso…

Luego fuimos la hotel en pie, pasando por el Lincoln Centre y un disco silencioso que habíamos montado en la plaza en frente de la entrada a este edificio mítico. Sacamos alguna foto pero andábamos demasiado cansados como para apuntarnos al baile, así que volvimos a la habitación y nos acostamos.

Había sido otro día loco en La Gran Manzana, uno en el cual se había cumplido mi sueño de ver un musical en Broadway. ¡Ni tan mal!

El día siguiente empezó tarde ya que me había vuelto a quedarme dormido hasta tarde. Megan había salido y había comprado un desayuno de un mercado de agricultores con el que se había chocado por el camino. Compartimos unos trozos de tarta de zanahoria a modo de desayuno – ¡no me quejaba!

Luego caminamos por Central Park, en donde vimos unas vistas que no habíamos podido ver el día anterior por estar montados en bici. Nos sentamos un rato para disfrutar la musica de un violinista, después del cual nos bajamos al estanque que estaba igual de petado de turistas que tortugas. A las tortugas les daba igual acercarse a los espectadores, así que nos quedamos un rato sacándoles fotos.

Saliendo del parque al lado opuesto al que habíamos entrado, entramos en el primer museo del día: el Neue Galerie. Megan quería ver una obra de Gustav Klimt, el Retrato de Adele Bloch-Bauer I, así que nos acercamos a esta pintura famosa. La historia detrás de la obra me fascinó, pero también descubrí las ilustraciones y pinturas de Egon Schiele, otro pintor expresionista que fue estudiante de Klimt.

Desde el Neue Galerie cruzamos la carretera y nos metimos en el mamotreto de museo que es el Museo Metropolitano de Arte. Era igual de enorme y aplastante que me habían avisado, así que decidimos seguir la ruta recomendada para ver los objetos más destacados. Yo tenía ganas de ver el Temple e Dendur, un templo hermano al Templo de Debod que se encuentra aquí en Madrid que también se mudó piedra a piedra de Nubia en Egipto.

Fue una pasada ver otro templo de Nubia dentro de un espacio tan icónico.

Echamos un rato admirando el templo que está expuesto en una sala enorme e impresionante dentro del museo. Me encontraba conflictuado por su método de preservar la estructura anciana comparado con el templo en Madrid. En Nueva York lo tienen en una sala con un ambiente regulado y en una condición perfecta, pero en Madrid se ha dejado expuesto a los elementos. Por otro lado, el templo en Madrid es totalmente accesible y abierto a todos, mientras en Nueva York lo tienen detrás de pantallas transparentes y el precio alto de la entrada al museo.

Entre las otras exhibiciones que me gustaron fueron la reja del coro de la catedral de Valladolid, una tabaquera incrustada con diamantes y un ramo de flores de Faberge. También pasamos por una serie de recreaciones de las habitaciones de casas aristocráticas y palacios de Europa antes de salirnos fuera a comer.

Para comer nos compramos unas salchichas grasas de un puesto ambulante que se había aparcado en frente del museo. Ya que los museos y Nueva York en sí agotan mucho, no me sorprendió que Megan me dijera que no quería volver a enterar en el museo y que iba a ir a una tienda que quería visitar. Nos separamos para pasar la tarde y yo me volví a meter al Met para ver qué más me podría interesar.

Empecé mi viaje en una exhibición llamada Chroma, que fue una exploración interesante que buscaba revelar los colores intensos originales de la escultura y arquitectura romana y griega que se suele ver solo en mármol o piedra blanca. Luego me acerqué a una exhibición sobre las fotografías de Berns y Hilla Bercher, después de la cual me cansé viendo una serie de planos técnicos y me fui del museo.

Hasta la arquitectura del propio museo parecía una exhibición en sí.

Desde el Museo Metropolitano, me subí a un bus y a la tienda de Apple en la quinta avenida. Desde mi última visita, la escalera y el ascensor de cristal debajo el cubo de cristal famoso se habían cambiado por una escalera de acero y un ascensor espejado. El espacio sorprendentemente amplio abajo se había remodelado con árboles y unos tragaluces que iluminaba con una cantidad impresionante de luz natural.

No vi nada más de interés, así que pillé otro bus hacia el sur y la próxima parada en mi viaje solo: la Terminal Grand Central. Al entrar en la estación icónica de trenes, me vi más conmovido que me había imaged por su vestíbulo enorme y su techo alto pintado.

Ahora algo cansado yo también, salí de la terminal y me subí al metro de vuelta al hotel, dónde descubrí la fuente de una canción molesta al estilo de una caja sorpresa que se oía desde la habitación del hotel: un camión de helados que estaba aparcado en frente del Lincoln Centre.

Reunido con Megan en la habitación, los dos nos echamos una siesta substancial que nos dejó algo mareados. Saqué unas fotos desde la ventana y los dos subimos a la azotea para que yo le llamara a mi hermana para desearle un feliz cumpleaños. Menuda videollamada fue: ella estaba tomando algo en casa con su novio y mis padres y yo les estaba mostrando el atardecer sobre los rascacielos de Manhattan.

Fue de ensueño ver el atardecer y mirar el mundo pasar desde el tejado del hotel.

Después nos duchamos y salimos a la novena avenida al lado del hotel para tomarnos algo antes de cenar. Acabamos en un sitio italiano muy bonito en un callejón en donde probé uno de los cócteles más ricos que había probado jamás. Animados por las bebidas deliciosas, pillamos unos platos para cenar siguiendo las recomendaciones de una mujer que estaba sentada a nuestro lado en la barra.

Este cóctel llevaba ginebra y otros ingredientes excelentes que ya se me han olvidado.

La cena fue muy rica y nos lo estábamos pasando bien, pero decidimos acabar allí la noche y volver al hotel ya que andábamos reventados de tantos planes en Nueva York. Por el camino nos metimos en otra farmacia 24h para comprar algo de picoteo, cosa que nos vino bien ya que acabamos viendo un par de capítulos de Derry Girls en la cama ya que no podíamos dormir gracias a la siesta que habíamos echado unas horas antes.

No sería Nueva York sin una tubería aleatoria en plena calle que emite vapor.

El día siguiente nos despertamos tarde y no nos dimos prisa en levantarnos ya que el único plan que teníamos era salir a desayunar juntos. Para eso, nos cercamos a una cafetería que había encontrado Megan que estaba a un par de manzanas del hotel. Hablamos un buen rato mientras comíamos y agradecí el café medio bueno que me pusieron después de beber tanto café asqueroso desde aterrizar en los Estados Unidos.

Luego volvimos al hotel y descansé un rato mientras Megan se hizo la maleta. Saliendo del hotel, la acompañé hasta la estación de metro más cercana y nos tocó despedirnos el uno del otro. Tras tres semanas juntos en Canadá, Vermont y ahora Nueva York, era hora de que se nos partieran los caminos. Megan iba a volar de vuelta a Burlington para empezar a trabajar el día siguiente mientras yo me quedaba un día más en La Gran Manzana antes de ir a mi siguiente y último destino – pero eso se revelará en breve.

Por ahora, me puse triste al ver a Megan bajar la escalera y coger el metro de vuelta al aeropuerto, pero también estaba emocionado para ver que iba a hacer en estos 24 horas que tenía yo solo en la ciudad enorme que es Nueva York…

Nos despedimos de Vermont

23.09.22 — Vermont

El día tras el circo único de Bread & Puppet, Megan y yo optamos por tener una mañana relajada en casa antes de ir a desayunar algo tarde sobre mediodía. Megan quería llevarme a uno de sus sitios favoritos, una cafetería antigua que había identificado como una visita obligatoria después de que yo le diera la chapa sobre como quería vivir todo tipo de americanadas.

Le echamos unas monedas al parquímetro y nos acercamos a Henry’s Diner, un sitio que lucía feo desde fuera pero era un gusto por dentro. Nos sentamos en una mesa de banco y la camarera nos tomó nota: dos desayunos completos con una selección de nuestros caprichos favoritos.

La comida estuvo absolutamente deliciosa y el café absolutamente asqueroso – pero creo que eso forma parte de la experiencia. Como dijo Megan, ¡no es un desayuno estadounidense sin un café malo! Me zampé unos huevos escalfados, unas patatas sazonadas, una tostada francesa con sirope de arce y un bollo de pan que lo llaman un “English muffin” (bollo inglés). Lo escribo así entre comillas porque nunca vi uno de esos bollos en Inglaterra en mis veinte años de vivir allí.

De vuelta a casa, Megan se echó una siesta y yo me volví a montar en la bici que había usado unos pocos días antes. Me acerqué a un supermercado a pillar algunos regalos, donde le llamé a mi hermana para que nos riéramos del tamaño exagerado de todo y me indicó qué comida quería que le pillara para que la probara en Madrid: unos M&Ms de crema de cacahuete.

Al salir del supermercado me di cuenta de que había empezado a caer, pero me subí a la bici de todas formar para disfrutar del frescor mientras subí la cuesta empinada hacia la casa de Megan.

Por la tarde, nos acercamos a la casa de sus padres para volver a ver The Bachelorette. Maureen nos preparó una cena rica de pollo y nos servimos unos gintonics generosos mientras veíamos la serie juntos. El descanso para tomar el postre incluyó unos caprichos como una tarta de queso con lima y unas de té con chocolate.

El día siguiente volvimos al centro de Burlington para que comprase algún regalo más para Maureen y Terry para darles las gracias por recibirme en casa y enseñarme su estado bonito. Decidimos comer en casa ya que teníamos que comer las sobras antes de irnos de Vermont para nuestra próxima aventura – pero dejaré esa sorpresa para la siguiente entrada de blog.

Luego habíamos quedado en volver a pasar la noche viendo la tele, pero esta vez en la casa de Malory. Unos días antes mientras bebíamos antes de nuestra noche de karaoke, Malory me había preguntado si había visto Diana: El Musical. Me sorprendió enterarme de la existencia de tal musical y se emocionó mucho diciéndome que lo viera, así que se organizó una noche para que lo viéramos todos juntos.

Empezamos la noche con unas pizzas y unas risas, después de lo cual me pusieron otro gintonic mediocre. Probé muchas bebidas ricas durante mi estancia en los EEUU, pero la verdad es que Kevin lo clavó al observar que todas las ginebras estadounidense saben a árbol.

Diana: El Musical supuso una experiencia bastante única. Nos reímos hasta tomar un descanso para que yo probara unas galletas con sabor a lima que estaban bastante ricas. No sabía como reaccionar frente la existencia que habla de la vida y la muerte de Diana, pero fue una noche de diversión inocente que me gustó mucho.

El día siguiente Megan y yo volvimos a salir a las carreteras para nuestra última excursión antes de irnos de Vermont. Este viaje nos llevó a la cima del monte Mansfield, la montaña más alta del estado. Para llegar allí tuvimos que pasar por un camino que se llama Smuggler’s Notch (el paso de los contrabandistas), un paso de montaña que se usaba en su momento por los contrabandistas que traficaban alcohol desde Canadá a los EEUU durante la era que el alcohol quedaba prohibido en el país.

Una vez allí nos aceramos al teleférico, que nos proveyó con unas vistas espectaculares durante el ascenso largo. En la cima, dimos una vuelta para apreciar el entorno, durante lo cual Kevin me llamó y aproveché la oportunidad de coger la videollamada y saludarle desde la cima de la montaña más alta de Vermont.

Tras un rato hablando con Kevin, decimos echarle un ojo a una de las rutas que se puede tomar para llegar a la cima. La senda se veía complicada y el sinfín de avisos en su entrada fueron la gota que colmó el vaso y que nos hicieron abandonar la subido. Sí que entramos un rato para sacarnos unas fotos en algunos sitios chulos, pero luego nos cansamos y nos echamos atrás.

Esta fue la cima de verdad que aún no habíamos alcanzado.

Decidimos abandonar la senda al encontrarnos con este paso estrecho, mojado y musgoso.

De vuelta a la estación del teleférico, Megan se pilló un gofre y salimos a compartirlo en unas sillas que se habían instalado sobre el valle abajo. Empezaron a llegar cada vez más nubes, así que al final nos subimos al teleférico para volver al coche.

Desde allí nos acercamos al siguiente destino, uno que tenía ganas de visitar desde que conocí a Megan en Madrid donde me hablaba tanto de él. El sitio se llama el Von Trapp Lodge, un hotel que sigue siendo operado por la familia Von Trapp, la misma familia cuya historia se ve representada en la película famosa “Sonrisas y lágrimas”.

Por supuesto que conducíamos con la banda sonora de esta película a tope, cantando todas las canciones de ese musical tan maravilloso. Ya llegados al hotel, pillamos una cerveza y salimos a tomarla en la terraza, donde Megan me informó que la chica que nos había servido era la bisnieta de María y el Capitán. ¡Menuda locura!

Megan conocía bien el sitio ya que había trabajado allí, así que sugirió que bajásemos a la cervecería a tomarnos otra caña y comer algo. Compartimos unos pretzels con salsa de queso, unas salchichas y un schnitzel de pollo. La comida estuvo buena y la compañía era guay ya que nos pusimos a hablar con unos ex compañeros de Megan.

Luego nos fuimos del hotel de los Von Trapp, pero nos quedaba una para más por hacer antes de volver a Burlington: ¡la fábrica de Ben & Jerry’s! No nos daba tiempo hacer un tour de la fábrica de la marca de helados más famosa del mundo, pero sí que pudimos probar unos sabores exclusivos en unos conos de gofre fresco.

A Megan le encantó que le obligara a tomar esta foto turística conmigo…

Había sido otro día intenso y me tocaba hacer la maleta para la siguiente parte de mi viaje, pero este momento de organización no supuso el fin del día. Maureen y Terry vinieron hasta la casa de Megan y les presenté con los regalos, después del cual nos fuimos juntos a un restaurante italiano en el centro de la ciudad.

Pascolo’s fue un sitio muy guay con una bodega antigua que creaba un ambiente muy agradable. Compartimos una botella de tinto y pasamos la noche hablando de todo tipo de cosas. Los ñoquis frescos que pillé estuvieron muy ricos y nos lo pasamos muy bien. Después de la cena, me despedí de Terry al irnos a nuestros coches separados.

No me había despedido de Maureen aún ya que vino la mañana siguiente para recogernos y llevarnos a nuestro siguiente destino. Megan y yo dijimos adiós con la mano cuando nos dejó en el Aeropuerto de Burlington, donde pillamos un vuelo de tan solo una hora para empezar nuestra próxima aventura…

Bread & Puppet

23.09.22 — Vermont

Tras una serie intensa de actividades el día anterior, me sorprendí al despertarme como nuevo. Con esta energía renovada, Megan y yo salimos de casa temprano para desayunar en la casa de sus padres y así despedirnos de Scott antes de que se fuera a Croacia.

Maureen hizo unas tortitas alemanas según una receta familiar antigua. Las acompañamos con una combinación deliciosa de canea, manzana y sirope de arce. Megan me enseñó cómo se deberían rellenar y enrollar para disfrutar de este desayuno fusión entre la cultura alemana y vermontesa.

Luego nos despedimos de Scott y salimos a ver “Bread & Puppet”, algo que yo ni sabía que era. Maureen había dicho que era una cosa muy política y Megan comentó que era muy extraño, así que yo estaba intrigado para ver que nos esperaba.

Tras conducir un buen rato, empezamos a llegar a nuestro destino y vi un cartel que ponía “circo”, así que me empecé a preguntar justo qué iba a ser que íbamos a ver. Al aparcar en un campo vi que había gente sentada en una especie de anfiteatro en la cuesta de una colina, pero tuve que ir al baño antes de acercarme a ellos. Los aseos consistían en un hoyo en una tabla de madera dentro del cual tenía que hacer mis cosas antes de echarle serrín encima – ¡menuda experiencia!

Megan lucía resplandeciente con tantos colores en el sol.

Luego nos incorporamos en el “circo”, subiendo la colina para encontrar un sitio a sentarnos y ver la serie de diferentes actos. Las obras trataban de todo tipo de temas, desde la ignorancia de algunas personas frente a la COVID hasta los derechos de los trabajadores de la industria lechera vermontesa. Fue muy divertido a pesar del sol oprimente. Acabó con una obra que habló de los derechos reproductivos de las mujeres estadounidenses cuya cima era cuando izaron una figura enorme de una mujer tras una batalla contra el Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

En ese momento pensé que había ya acabado, pero Megan me informó que había que seguir la procesión de personas que estaban tocando musica. Esto nos llevo al siguiente lugar que por suerte disponía de la sombra generada por un bosque. Nos sentamos allí para ver un desfile muy extraño que consistía en gente vestida de blanco que andaba y se movía en silencio completo en una especie de danza o teatro interpretativo.

Seguimos a la gente de blanco con sus banderas variadas hasta otro prado.

Megan me explicó después cómo lo había interpretado como una historia de amor prohibido entre dos casas y una tormenta que había congelado a uno de los dos, pero yo me había quedado completamente confundido. El clímax de la obra fue la llegada de un dragón enorme hecho de materiales reciclados. Apareció sobre la cima de una colina al sonido de una trompeta tocada por un tío que estaba cerca de nosotros los espectadores.

Al acabar la obra, el calor y la confusión y la deshidratación se nos estaban acumulando. Megan se echó una siesta rápida y yo descansé mis ojos un rato mientras los demás se fueron a ver “Hallelujah”, una obra que pensé que sería una interpretación de la canción pero por lo que escuché desde lo lejos, no fue así.

Se despertó Megan justo mientras estaban acabando otra obra encima de una colina en la distancia. Los dos decidimos acabar el día con la oferta tradicional que hace este grupo de teatro: pan con alioli. Yo estaba hambriento así que la idea de comer me tenía emocionado, pero por mi gusto se habían pasado de ajo así que abandoné la comida al llegar al coche.

Llegamos al aire acondicionado glorioso del coche con unas ganas de pillar unas bebidas y refrescarnos ya que Megan andaba aún bastante cansada. Hicimos una parada en un lago que vimos por el camino para que Megan se mojara las piernas en el agua, después del cual seguimos con el viaje de vuelta hacia Burlington.

Para comprarnos una bebida, paramos en la primera señal de una tienda, lo cual nos llevó a un pueblo en la mitad de la nada y a una tienda que me hacía sentirme algo inquieto. Pillamos unas bebidas y chuches y tiramos para casa.

El azúcar de las cuches y las bebidas nos revivió un poco, así que antes de ir a casa paramos en la de los padres de Megan para recoger un par de maquinas de aire acondicionado. Las instalamos en la casa de Megan y así descansamos de otro día ajetreado en la frescura que proveían.

Megan tenía unas ganas locas de cenar en Chipotle, así que nos subimos al coche y fuimos hacía allá solo para descubrir que habían cerrado temprano. Algo decepcionados pero motivados por hambre, hicimos otro plan y nos acercamos a otro sitio local.

El Cortijo fue un restaurante bonito ubicado en una cafetería antigua renovada en el centro de Burlington. Nos sentamos en la barra y pedimos un burrito y unas enchiladas para llevar mientras picábamos unos totopos con guacamole. Cenamos en el salón de Megan que contenía aún bastantes cajas sin descargar, después del cual nos fuimos a dormir temprano.

Ir a ver las creaciones interpretativas de Bread & Puppet sin duda supuso una experiencia única. Nunca he visto nada así en mi vida y dudo que lo vaya a ver, así que otra vez más he de darle las gracias a Megan por llevarme por la mitad de Vermont para experimentar esta vivencia tan rara. Tras un día intenso, ¡esta experiencia en el campo vermontés fue inolvidable!

Un día intenso en Burlington

19.09.22 — Vermont

Antes de hablar del día intenso, debería mencionar la fiesta que asistimos la noche anterior. Nos habían invitado a la casa de los padres de Megan para echar una mano con las preparaciones para la fiesta de despedida de Scott. Unos días después se iba a mudar a Croacia para empezar un nuevo trabajo – ¡menudo cambio!

A mí y a Megan nos encargaron con preparar las mazorcas de maíz, una tarea que supuso quitar la cáscara de las mismas. Luego preparamos los platos de queso, algo que se convirtió en un concurso al intentar los dos montar el mejor diseño compuesto de quesos, uvas, panes y las tablas de madera en sí.

Enseguida empezaron a llegar todos y se arrancó la fiesta con bebidas variadas y una parrillada. Me puse a hablar con la familia y los amigos de Megan y nos echamos unas buenas risas. ¡La tía abuela de Megan me dijo que soy un encanto!

Tras uno de mis momentos favoritos de la noche – el bufé de postres – la gente empezó a irse. Me despedí de Scott y luego Megan y yo nos fuimos a casa para descansar entes del día siguiente: nuestro día intenso por Burlington.

Fue una tarde bonita y relajada antes de lo que se venía el día siguiente…

De camino al partido de béisbol unos días antes, Megan había comentado que teníamos planes de montarnos en bici por la carretera alrededor del lago. Tanto Breen como Scott se habían reído de nuestros planes, diciendo que iba a hacer demasiado calor y que acabaríamos demasiado cansados como para hacer la ruta.

No fue que Megan y yo madrugaremos el día siguiente y por eso ya hacía bastante calor cuando nos levantamos. A pesar de esto, decimos que completaríamos esta ruta en bici, aunque fuera solo para callarles la boca a Breen y Scott. Sin más retrasos, hicimos una maleta, pillamos las bicis del garaje y partimos en nuestro viaje.

La primera parada tuvo sitio en la farmacia local, donde pillamos unas bebidas y barritas energéticas. Al ver que el guardabarros de la bici de Megan estaba algo suelto, tuvimos que hacer un apaño con cinta aislante que pillamos en la misma farmacia. Debería apuntar aquí que las farmacias estadounidenses son una locura – ¡tienen de todo como si fueran supermercados directamente!

Esta chapuza al final funcionó bastante bien y pudimos seguir volando por las carreteras y hasta la siguiente parada, el mercadillo agrícola. Atamos las bicis a un granero al que entramos para ver las antigüedades a la venta. Hacía calor dentro, pero nos quedamos un rato ya que me gustaban unas señales de carretera viejas y unas matrículas de coche caducadas.

Desde allí nos acercamos a la zona principal del mercadillo que se encontraba petada de puestos. Me compré una gaseosa casera de jengibre y paseamos un rato, resistiendo tentaciones como comida nepalesa y comprado unas galletas con crema de cacahuete y una crema de sirope de arce (por supuesto). ¡Una combinación bastante loca!

Luego seguimos hasta el lago y nos incorporamos en el carril bici que lleva hasta la carretera elevada. Allí encontré mi ritmo y seguimos un buen rato, pasando debajo puentes y a través de barrios residenciales cuando el carril bici se divagó de la orilla del lago.

Hizo un día maravilloso pero el calor supuso un adversario importante.

De camino a nuestro destino descansamos en un mirador sobre el lago y luego un puente interesante para que pudiera sacarle unas fotos y coger un poco de aire. Después hicimos una parada en un parque para ir al baño y rellenar nuestras botellas de agua que ya se encontraban vacías – ¡hacía más de 30°C y estábamos bien exhaustos!

Tras esta última parada fuimos avanzando a tope hasta que un cambio de marcha cuestionable me dejó con la cadena colgando. Con un poco de trabajo en equipo y unos palos robustos que encontramos, la volvimos a colocar en su sitio y seguimos hacia nuestro destino: la carretera elevada.

Este muelle de tierra curvada conecta la tierra firme de Vermont con una de las islas del Lago Champlain, así que continuamos hasta el punto medio y paramos un rato a la sombra. Captamos la vistas sobre el agua en los dos lagos mientras comimos el picoteo que habíamos comprado antes, incluidas las galletas dulces con su fusión de crema de cacahuete y sirope de arce.

Entonces empezamos el viaje de vuelta que en breve se volvió en un reto intenso gracias a la combinación del calor y nuestro agotamiento. Unas cuantas paradas de descanso después y tras echarnos encima lo que nos quedaba del agua, concluimos que no aguantaríamos el resto de la ruta hasta la casa. Decidimos que pararíamos en el puerto, ataríamos las bicis y cogeríamos un taxi hasta casa.

Dejamos las bicis en el parking de una heladería y nos pillamos un helado de sabor a sirope de arce (por supuesto). Creo que nunca me he comido un helado tan rápido en mi vida – ¡me hacía muchísima falta el azúcar y algo frío!

Megan buscó un taxi, pero el más económico para el viaje de cinco minutos nos salía a más de $23. Por eso – y quizá tontamente – decidimos que seguiríamos e intentaríamos empujarnos para pedalear el último tramo ascendente hasta casa.

El viaje empezó con una buena dosis de optimismo, pero la subida lenta de una carretera que a mi parecer no tenía fin acabó a matarme y empecé a quedarme atrás mientras Megan avanzaba. Me motivaron algo una lluvia leve que empezó a caer y los gritos de Megan que me animaba desde un semáforo donde me estaba esperando.

Enseguida la lluvia se volvió torrencial y giramos de esta carretera larga a una sección de una cuesta en picado. La lluvia sentaba muy bien y me quité la gorra para que me empapara. La tortura vino con el segundo tramo de esta subida, donde la cuesta se hizo más empinada aún y la lluvia se volvió violenta. A pesar de todo, seguimos avanzando y llegamos al último tramo hacia casa.

No se aprecia mucho en la foto pero la lluvia era tremenda.

Por fin de vuelta en casa, aparcamos las bicis, dejamos nuestras coas encima del maletero del coche y nos acercamos corriendo a la piscina donde nos lanzamos al agua completamente vestidos. Estuvimos en la gloria, riéndonos y salpicándonos con el agua fría que tanto alivio nos suponía.

Nos metimos dentro después, donde nos secamos y echamos la siesta. Tenía que haberme levantado a las 7pm pero me quedé dormido una hora más – creo que me lo merecía después de un viaje de 32km en temperaturas de unos 32°C. Me duché y bajé para unirme en la cocina con Breen, Aaron, Malory, Martín, Megan y Ryan.

No tardé en prepararme un gintonic y luego cambiamos al porche de la casa para jugar al pong de la cerveza y unos juegos de carta. Esto funcionó de lujo para que nos pusiéramos contentos (menos los que iban a conducir, claro) y salimos por Burlington a seguir pasándonoslo bien.

Ya que había conocido al equipo de béisbol al asistir a su partido amateur, me recibieron con un coro de “¡Ollie!” al llegar al bar donde íbamos a tomarnos la primera copa – ¡resulta que estaban allí de cañas también! Nos tomamos una y luego nos aceramos a otro sitio que se llamaba “Lamp Shop” (“Tienda de lámparas”). Allí el techo estaba lleno de lámparas antiguas que parpadeaban al ritmo de la musica. Los que me conocen y saben de mi obsesión con las luces se podrán imaginar que me encantaba el sitio.

A pesar de esta afición por la decoración, la música no era de mi estilo, por lo cual nos fuimos a otro bar. Allí se había montado un karaoke, ¡así que nos tocó a Breen y a mí volver a coger el micro para enseñarles a todos cómo se hace!

Al final no tuvimos la oportunidad de cantar ya que habíamos llegado tarde y las canciones que habíamos pedido no salieron antes de que se encendieran las luces a las 2am. Aún así nos lo pasamos pipa bailando, cantando y conversando. Yo lo estaba dando todo y cantando a toda voz, ¡así que durante un tiempo la chica al mando del karaoke se me acercó con el micro para que Malory y yo pudiéramos cantar un rato!

Con las luces encendidas en esta bar un poco turbio pero bien divertido, los que nos habíamos quedado hasta el final luego fuimos a pillar un kebab para ponerle lazo a la noche. Tras una espera importante para nuestra fritanga, el kebab sentó muy bien y me llevaron de vuelta a la casa de Megan.

Y así se concluyó un día loco e intenso que a pesar de serlo fue de los mejores que he vivido últimamente. Lo habíamos dado todo: habíamos pedaleado mucho, habíamos dormido mucho y habíamos festejado mucho. Como bien te puedes imaginar dormimos como una piedra y así estuvimos listos para la siguiente aventura, pero de eso tendré que hablar en la próxima entrada de blog…

El partido de béisbol

15.09.22 — Vermont

Retomo mi viaje donde lo dejé en mi última entrada de blog, después de otro día de exploraciones tras una mañana de trabajo en el paisaje pintoresco de Burlington, Vermont…

Otro día más y otra mañana de trabajo me esperaba, a la cual le puse fin cuando salí con Petergaye a comprar algo de comer. Fuimos a un sitio que se llama “Union Jack’s”, una bocadillería que se suponía que era británico pero lo era bastante poco al final. Me hizo gracia ver como interpretaban el estilo británico, con tarjetas regalo diseñadas para parecer billetes de £10 y vinilos en la pared de cabinas telefónicas rojas. Como siempre, tardé un buen rato en elegir que pillarme y me retrasé aún más cuando la servidora no entendía mi pronunciación de la palabra “tomate”. ¡Poco británica la veía!

Después del bocadillo enorme y una galleta igual de grande, me tumbé un rato y acabé durmiendo la siesta. Al volver Megan a casa, los dos nos echamos a la piscina, lo cual fue una idea excelente ya que seguíamos enfrentándonos con el calor y la humedad que no nos rebajan existir sin un sudor constante.

Luego nos tocó vestirnos y salir para las actividades de la tarde. El plan – como seguramente ya habrás adivinado gracias al título de esta entrega – ¡consistió en ir a ver un partido de béisbol! Nunca había visto un partido de este deporte estadounidense, así que andaba con muchas ganas de empaparme en el ambiente y ver de qué iba la cosa.

Nos encontramos con este coche antigua por el camino.

Breen y Adam vinieron a recoger a Megan, Scott y yo y nos acercamos a la casa de Ryan para aparcar. Para llegar al estadio, subimos por una senda turbia que nos llevó por un bosque y luego un cementerio para llegar a nuestro destino. Yo andaba quejándome de la cuesta todo el viaje, pero en nada ya me vi consumido por la emocional al llegar al campo y escuchar a los aficionados aclamar.

Llegamos entre muchas otras personas y había una emoción bastante pronunciada en el aire. La forma del estado de béisbol me pareció curiosa, con todos los espectadores agrupados en la esquina donde pasa toda la acción. Los otros tres lados del estadio no tienen ni butacas, se quedan prácticamente vacíos.

Me había vestido en la ropa más estadounidense que tenía para el evento.

Antes de salir de casa, me habían dicho que era “la noche de los perritos calientes” o algo así. Resulta que esto consiste en la venta de dichos perritos por tan solo 25 céntimos cada uno. Como bien te puedes imaginar, lo primero que hicimos fue acercarnos al puesto de perritos, donde nos avisaron que había un pedido máximo de seis por persona.

Ya sé qué te estás preguntando y sí, todos nos pillamos seis perritos calientes. En nuestra defensa, ¡iba a ser un partido largo y los perritos eran bastante pequeños.

Una pesadilla logística luego se manifestó cuando tuve que hacer un baile delicado para lograr echarle ketchup y mostaza a los perritos mientras sostenía un perrito caliente, la caja con los otros cinco, mi cerveza, mi abanico y mi cámara analógica. Tarea completa, subimos a buscar las butacas, ¡cosa que nos obligó a hacer más bailes improvisados para llegar a nuestros sitios con las manos llenas de perritos calientes!

Los cinco perritos calientes que me quedaban más mi cerveza, ¡todo un sueño americano!

El partido ya había arrancado al sentarnos, así que nos pusimos con las tareas importantes de comer perritos calientes, beber cerveza, corear y vacilar. Megan, Ryan, Scott, Breen y Aaron intentaron explicarme las reglas del juego e intenté seguirlo durante un rato pero luego se me gastó la cerveza ya me entró sed.

Saliendo del vomitorio para buscar más cerveza, acabamos perdiéndonos media hora del partido ya que las colas en los bares ya estaban bien largas. En un momento de repente escuchamos un grito del vomitorio, así que nos dimos media vuelta y vimos el momento que una pelota vino volando hacia abajo.

Pasados unos minutos más este ataque de la pelota volvió a pasar. Esta vez le pegó al chico detrás de nosotros en la cola directamente en la espalda. Disimulaba que no pasaba nada, pero estoy seguro que un golpe de una de esas pelotas tan pesadas tiene que dejar un moretón importante.

Cuando ya volvimos a las butacas, se empezó a poner el sol. Como con cada atardecer en Vermont, este fue impresionante y me tenía subiendo y bajando el vomitorio buscando el mejor sitio para sacarle fotos.

Luego hubo un momento bastante emocionante cuando salió al campo la mascota del equipo de béisbol, el Monstruo del Lago. Iba acompañado por dos chicos con pistolas que lanzan camisetas, así que nos pusimos a gritar y bailar, pero al final nos quedamos con las manos vacías.

Después pasó la cosa más curiosa al empezar a sonar música de órgano en el estadio. Todo el mundo empezó a cantar “Take me out to the ball game, take me out with the crowd…” (“Llévame al partido de béisbol, llévame con el público…”) Naturalmente estuve yo completamente perdido ya que no conocía la canción, pero se me quedó como un momento inolvidable de un viaje que ya había sido increíble.

La próxima salida del vomitorio a coger una cerveza también me dio la oportunidad de pillarme unos regalos. Me compré una gorra azul con una imagen de la mascota del club, una camiseta amarilla con un perrito caliente sosteniendo una moneda de 25 céntimos y un pin con forma de la mascota.

Enseguida tuvimos la suerte de conocer a la estrella en persona, la mascota de los Vermont Lake Monsters. Nos metimos en la cola para darle un abrazo y sacarnos unas fotos maravillosas. Nos lo estábamos pasando súper bien y se nos dio un ataque de risa, así que esta es la mejor foto que hay…

Tras nuestro momento con el monstruo, Megan y yo nos asomamos a un puesto que estaba vendiendo algo que se llama fried dough, masa frita. Resulta que consiste en una ración del tamaño del mismo plato de justo eso: masa de donut que se ha frito. Sabía igual que un donut y vino acompañado por – cómo no – sirope de arce.

Al volver a entrar en el estadio con nuestro capricho, vimos que habíamos estado tanto tiempo fuera que ya se había acabado el partido. Los demás bajaron de las butacas a unirse al picoteo en la primera fila de butacas – ¡ese fried dough era delicioso!

Aproveché la oportunidad de sacarme una foto en las butacas vacías y también unas fotos robadas de Megan y Ryan y otra pareja que estaban descansando con vistas sobre el campo.

Y con eso, mi experiencia en el partido de béisbol llegó a su fin. Había sido una verdadera pasada y algo que nunca había experimentado antes. Tengo que darle las gracias a Megan por organizar todo, fue algo que había estado yo dándole la lata diciendo que quería hacer durante los meses antes de aterrizar en los Estados Unidos.

Para ponerle lazo a la noche acabamos otra vez en Al’s comprando más helado. Pedimos a unas señoras que nos sacaran una foto en mi cámara analógica – tengo muchas granas de compartir esas fotos – y nos pillamos unos helados. Como ya habrás adivinado, estos helados tenían sabor a sirope de arce. ¡No podía haber sido otra cosa!