No tengo veinte años

17.05.20 — Madrid

Hace poco más de una semana cumplí años, y por una razón que desconozco me desperté con una canción que escuchaba hace años metida en la cabeza. En esta canción francesa, “J’ai pas vingt ans”, Alizée canta “j’ai pas vingt ans… on est vieux à vingt ans – moi j’ai le temps!”, lo cual más o menos significa “No tengo veinte años, a los veinte ya somos viejos – ¡yo tengo tiempo!”

Creo que me acordaba de esto porque este año, al cumplir 25 años, me supone un hito importante. De repente me di cuenta de que ya estoy más cerca a mis treinta años que a mis veinte – justo como canta Alizée: ¡no tengo veinte años!

Como te puedes imaginar, las celebraciones eran bastante ligeras debido a la cuarentena. Sin embargo, disfruté el placer de abrir unas cartas que me habían enviado de muchas partes del mundo, y una caja llena de chocolates y comida británica eu me mandó mi madre desde Inglaterra. Después de unos minutos de indulgencia, me conecté al trabajo, pero poco después me interrumpió el telefonillo durante una reunión. Llegó un repartidor a mi puerta, y me dejó una caja enviada por unos compañeros que contenía una carta bonita, una tarta de tres chocolates, unas velas (que ponen 24 en vez de 25, pero la culpa la tengo yo por no responder a un mensaje preguntándome cuantos cumplía) ¡y una botella de cava para celebrar la ocasión!

A cake, candles reading "24", and a bottle of cava.

Esta bonita sorpresa llegó apenas unos días antes de una fecha clave que toda España ha esperado tanto: el primer día que nos dejaron salir a pasear. El día antes era festivo, así que aproveché para hacerme una mascarilla casera hecha de una funda de almohada que me sobrada.

I wear a homemade face mask.

Tardé media hora en trenzar la lana para hacer la cinta.

El día de vacaciones fue bastante productivo, pero en realidad todos andábamos esperando el día siguiente, el 2 de mayo, el cual fue nuestra primera oportunidad de salir fuera sin ir al supermercado. El gobierno aquí ha establecido franjas horarias para mayores de edad, padres con sus hijos y luego el resto de la población. Ya que pertenezco al último grupo, puedo salir desde las 6am hasta las 10am y desde las 8pm hasta las 11pm, pero naturalmente acabé durmiendo durante toda la franja mañanera del primer día de libertad.

Esto hizo que tuviera que entretenerme durante todo el día, lo cual realicé limpiando el piso entero y perfeccionando mi tortilla de patatas (después de mi último intento). Creo que por fin lo he clavado, con el centro de la tortilla poco hecha sin llegar a ser un chorro de huevo crudo.

A Spanish omelette that I made.
A slice of the Spanish omelette.
The silhouettes of three plants are seen in a window sill of my flat in Madrid.

Se necesitaba una siesta en el sofá después de tanta tortilla.

My legs on the sofa in my flat.

Esa misma tarde, sin embargo, estuve listo para salir a las 8 en punto. Con un límite horario de una hora y una distancia máxima de 1km, sabía exactamente adónde quería ir: al río.

Sí que sabía, no obstante, que no se podía entrar en las zonas verdes por las orillas del Río Manzanares, ya que se clasifican como un parque público, los cuales siguen cerrados. Eso no me preocupaba, ya que sabía que la zona por el Matadero (un centro cultural) y el puente que cruza el parque y el río serían lugares perfectos desde cuales ver la puesta del sol.

The sun highlights the top floors of a decorative building in Madrid.
The sun sets over a closed park by the river in the south of Madrid.
The sun sets over the south of Madrid, with shades of pink, orange, and blue.

Una vez crucé el puente, sabía que estaba llegando a la frontera del límite de distancia, así que me di la vuelta. En la vuelta a casa vi unas vistas tan preciosas como un par de conejitos jugando con sus humanos, el cielo de rosa pastel sobre un mercado en obras y una luna llena que miraba sobre las fuentes iluminadas de mi barrio.

A pastel blue and pink sky sets over the concrete shell of a large structure.
A series of illuminated fountains in Madrid below a full moon sky.

Para celebrar este paseo bonito por las calles que llevo tanto tiempo sin verlas, al llegar a casa decidí que tocaba aprovechar de unos productos que he había comprado de Lush. Encendí unas velas, configuré bien la iluminación en casa, puse una lista de música relajante y me puse una mascarilla facial de otro tipo (en este caso era de hierbabuena), transformando mi piso en un balneario para mimarme durante unas horas.

My face with a face mask.

Con la mejora del tiempo y las calles vacías de coches, nunca ha habido mejor momento para explorar la ciudad. Después de ver muchas familias y grupos de amigos montados en bici por las calles, sabía que tenía que aprovechar de la oportunidad y por fin intentar comprender cómo funciona el sistema de carreteras y rotundas que tanto me confunde aquí en España.

Nunca he sido muy fan de las bicicletas, pero después de ver las calles llenas de gente paseando, corriendo y pasando en bici y el cambio desde el estruendo del tráfico a las conversaciones, la música y hasta una familia que cantaba karaoke desde su balcón, me vi convertido en un defensor estoico de la peatonalización de cuanto más de la ciudad que se pueda.

An empty tree-lined street near my flat in Madrid, with a beautiful sunset in the background.

Con tantos momentos tan bonitos fuera de la casa, también he intentado mantenerme contento mientras estoy encerrado en casa, y eso lo hago con mi único amor verdadero: la comida. Menos los pedidos ocasionales de comida a domicilio, ya me toca a mí preparar unos de mis platos favoritos que antes comía fuera, así que el otro día me puse a preparar un bol de ramen, ¡y tengo que decir que me salió bastante bien!

A bowl of homemade ramen with pork.

Justo ayer pensé que molaría salir y explorar cuanto más de la ciudad que se pudiera durante la noche, así que subí a la frontera norteña de mi límite de 1km: Atocha. La estación ferroviaria estuvo muy tranquilo, ya que todos los viajes que no seas esenciales se han cancelado, pero se veía muy bonita con unas nuevas luces que la iluminaban contra el cielo negro.

The Atocha train station lit up at night.

Para concluir esta entrada de blog, creo que todos nos merecemos echar unas risas, así que os compartiré unas fotos del último numero del concurso semanal que realizo con mis amigas Abi y Danni. Decidimos conectarnos todos en disfraces caseros, tanto para el reto creativo como para las risas. Los tres hemos visto Tiger King en Netflix (bueno, ¿qué más se puede hacer estas fechas?), así que Danni y yo decidimos hacerlo en drag: Danni se disfrazaba de Joe Exotic y yo de Carole Baskin.

Por los que no hayáis visto la serie, Joe Exotic y Carole Baskin son archienemigos que tienen sus propios zoos de grandes felinos, y mi reto fue transformarme en la famosa Carole. Pues nada, a ver, terminemos con esto ya: aquí va una foto de ella versus lo que logré yo…

Carole Baskin.
Me dressed as Carole Baskin.

Tal vez no sea el mejor disfraz de la historia, pero la peluca de tiras de saco de basura, unos pendientes de pompones caseros, flores hechas de post-its y embalaje de chucherías – todo junto con mi primer intento de maquillarme – ¡creo que lo hice bastante bien dada la situación en la que nos encontramos!

Puede que hayas notado antes que no mencioné de qué Abi se disfrazaba, y eso es porque lo mantenía un secreto hasta conectarse al concurso: ¡ni Danni ni yo sabíamos de que se iba a disfrazar hasta arrancar la videollamada! Como veis abajo, no decepcionó en su elección: ¡se disfrazó de un tigre y completó perfectamente el trío!

Danni as Joe Exotic, me as Carole Baskin, and Abi as a tiger.

Y así concluimos la última edición de las entradas de blog escritas bajo la cuarentena: me sorprende la cantidad de contenido que tengo para compartir a pesar de sentir que paso toda mi vida en el piso – una sensación que es, seamos justos, más o menos verdad. Para despedirme, vuelvo a la canción de Alizée que mencioné al principio de la entrada, y una frase que canta en la versión en inglés de la canción, y la cual la veo muy apta dado mi cumpleaños y la situación actual de la cuarentena:

No tengo viente años, ¡y quiero ser libre!

Seguimos perdurando

03.05.20 — Madrid

A diferencia de mi última entrada de blog, pensé que molaría compartir unas de las fotos que documentan las semanas pasadas de este confinamiento, lo cual representa un cambio bienvenido después del ensayo pequeño que redacté. Como ya veréis, las fotos abarcan la ciudad en flor, la vida en mi piso, la comida que he disfrutado y hasta unas capturas de pantalla tomadas durante llamadas con amigos.

Empezamos, sin embargo, con la última foto que saqué al salir de la oficina el último día antes del comienzo del encierre. Fui de los últimos en salir, así que me tocó apagar y cerrar todo, lo cual me ha dejado con una foto bastante oscura.

The profiles of computers are seen in a darkened office.

Me fui de la oficina con tan solo mi portátil ese último día, pero pronto se me hacía obvio que me faltaban unas cosas más: muestras de papel (para enviar cosas a la imprenta), las Pantoneras (para calibrar colores) y hasta mi silla de la oficina. Con estas novedades en casa, tocó volver a organizar el espacio algo para crear mi oficina casera.

My home office setup, with plenty of plants.

Esta configuración de mi oficina – a pesar de ser bonita – pronto me aburría después de unas semanas de teletrabajo, y por eso la vuelta semanal al Mercadona se volvió en la tarea que más gusto me da. El paseo de 20 minutos se hacía más agradable con la transición del invierno a primavera, cuando los árboles que antes se quedaban sin hojas empezaron a lucir en su verdor.

A empty street lined with trees during Madrid's coronavirus lockdown.
Balloons decorate a balcony during Madrid's coronavirus lockdown.

En el piso, mantengo varias videollamadas recurrentes para mantenerme al día y entretenerme, entre las cuales hay quedadas grupales, conversaciones más íntimas con viejos amigos y hasta un concurso semanal que siempre me alegre el día. Desde esta captura de una llamada con las chicas de Cake Club a la hilaridad de cuando Abi, Danni y yo descubrimos los animoji en FaceTime, ¡nunca hay un momento aburrido!

Loredana, me, Heidi, and Megan on Skype.
Abi, Danni, and me use our animoji on FaceTime.

La Semana Santa, que la debería haber pasado con Luisa explorando las procesiones, al final era un evento mucho más tranquilo. Se mejoró bastante, sin embargo, con la llegada de una selección de chocolate británico que me envió mi madre desde Inglaterra. ¡Allí es un costumbre comerse estas cochinadas en estas fechas!

Cadbury's Dairy Milk Eggs and Mini Eggs.

En Inglaterra no hay Semana Santa sin este chocolate.

Hablando de la comida, también (como muchos de vosotros) he aprovechado de la oportunidad de mejorar mis habilidades culinarias. En vez de retarme a hacer bizcocho de plátano o pan casero, sin embargo, decidí que debía refinar uno de mis platos favoritos: la tortilla de patatas. A pesar de ser un plato bastante sencillo, lo que me cuesta es lograr que la tortilla quede poco hecha por dentro, pero creo que al final ¡ya lo he conseguido!

A Spanish omelette.

Con tanto tiempo libre, debería haberme fabricado una mascarilla hace mucho más tiempo, pero me apañaba durante bastante tiempo con taparme la cara con el abrigo que me compré en Oslo (gracias a Noruega por hacer abrigos tan excelentes) mientras iba de compras. Con la subida gradual de la temperature, y al volverse la ciudad en un sitio cada vez más sucio ya que los barrenderos no están trabajando, eventualmente tuve que ceder y fabricarme una mascarilla con una funda de almohada que me sobraba.

I have my mouth and nose covered by the high zip of my winter coat.
A car is covered in dead leaves in the street in Madrid, during the coronavirus lockdown.

Entre las actividades que me han mantenido ocupado y cuerdo quedan la limpieza profunda de mi piso y los momentos en el trabajo en los cuales no tengo que estar en frente del portátil durante todo el día. Una tarea que tuve fue elegir unos colores de las Pantoneras que mencioné antes, un proceso que necesita la luz natural, ¡así que me quedé unos diez minutos o más extendido por una ventana!

Un saludo también al manzano que está allí en el fondo (encima de la maquina de aire acondicionado) que he crecido de unas semillas de manzana en un intento a sentir que he logrado algo durante esta cuarentena.

Pantone swatches sit on a windowsill with an apple plant growing on top of an air conditioning unit.

Solo he incluido esta foto porque estoy orgulloso de lo limpio que se ve el piso.

A section of my flat including my kitchen.

Con el paso de la cuarentena, estas salidas semanales me han animado bastante, así que he estado intentando cambiar algo la ruta que sigo al supermercado para engañarme y hacerme pensar que estoy viendo cosas nuevas cada semana. Esto me ha llevado a unas vistas raras: anuncios anticuados, coches sucios y algunos ítems abandonados en la calle.

Sunlight shines through a clump of trees in a deserted Madrid during the coronavirus lockdown.
Old posters and some abandoned fabrics on a metal door.

Seguro que este evento se canceló pero no sé que pasó aquí.

Os mantendré al tanto con las novedades de la desescalada del confinamiento aquí en España durante las próximas entradas aquí en mi blog, pero por ahora os dejo con esta foto de la única compañía física que he tenido durante estas seis semanas: un conejito de chocolate que me compré en las rebajas después de Semana Santa.

A chocolate rabbit sits in my kitchen.

Ya, el tío daba miedo. Me lo comí tan pronto que podía.

Cuarentena

18.04.20 — Madrid

Después de mi última entrada de blog en la cual resumé todo lo que había hecho hasta la fecha fatídica del 13 de marzo, quedó bastante obvio que la siguiente entrada tenía que tratar del único tema en boca de todos: el coronavirus. Hay muchas fuentes de información confiables (véase: las redes sociales no) y muchos artículos interesantes publicados sobre el virus y los confinamientos convocados por el mundo entero, así que no voy a hablar mucho de ese ámbito. En vez de contaros hechos o consejos, pensé que más interesante sería para mí tanto para vosotros si compartiese mis experiencias personales.

Inmediatamente después de decir que no iba a hablar de hechos, ahora voy a hablar de unos hechos – pero creo que es importante para que tengáis en cuenta el contexto.

Madrid, donde vivo, es la zona más afectada en toda España, un país que registraba 900 muertes diarias relacionadas con el virus durante el pico del brote. El país ya lleva más que un mes en un estado de alarma, y la gente solo puede salir de su casa para comprar comida, por razones médicas, para trabajar (en sectores esenciales), para pasear a su perro o para asistir a los dependientes. Se ha cerrado todo establecimiento que no venda alimentos, medicinas u otros productos de primera necesidad. Vivo solo y llevo ya un mes trabajando desde casa, saliendo de mi piso solo cuando me falte comida o para secar la ropa.

Es mucha información para asimilar, y suena todo bastante drástico, pero voy a ir haciendo referencia a todo esto a lo largo de esta entrada de blog. Para entender lo que voy a escribir, voy a partir esta reflexión en cuatro secciones: la transición a la cuarentena, la vida en casa, la vida fuera de casa y lo que está por venir.

La transición a la cuarentena

Como he mencionado, la transición al estado de alarma actual fue caótica como mínimo. Todo empezó al anunciar el gobierno un lunes que cerraban todos los centros educativos antes del miércoles, lo cual hizo que los padres que conozco entraran en pánico y los estudiantes que conozco empezaran a celebrar. No estaba entre los que fueron afectados directamente por este anuncio, pero sí que marcó un momento clave en la progresión del brote.

Además de ver a los padres desesperados en su búsqueda de alguien que cuidase de sus hijos, también vi las celebraciones de los estudiantes volverse en dudas y preocupación de cómo y si iban a graduarse. Esa noche tuve que coger un taxi de vuelta a casa, porque mi compañera que suele llevarme al centro tuvo que volver con prisa para hacer planes con su familia. El taxi me dejó en la tienda, donde tuve que pillar unos ingredientes para cocinar, pero había un aire extraño.

Habían colas en el supermercado como las que nunca había visto antes. No eran ninguna locura, solo que había mucho más gente, y había un aire de inquietud. Digo inquietud y no pánico porque no se puede comparar con la histeria que ha descendido sobre el Reino Unido, pero sí que pareció que la gente iba preparándose para algo. Intenté que eso no me rallase y di la vuelta casualmente por los pasillos, cogiendo unas cositas extra – unas latas de cocido y unas sopas.

Supongo que ahora debería comentar sobre el pánico que ha cundido en todo el mundo y provocado que la gente salga a almacenar papel higiénico en masa: ¿por qué exactamente? Este virus no tiene como síntoma la diarrea, ni ha acontecido nada para poner en peligro el suministro de papel higiénico. Solo puedo suponer que están comprando tanto del mismo porque se veían encerrados en su casa durante mucho tiempo, pero en tal caso, ¿porque no han comprado tantos alimentos no perecederos? Sin querer ser demasiado vulgar, creo que tener que limpiarse de otra manera después de usar el baño es mucho menos aterrador que la idea de que se agote la comida. Quizás haya algún terror psicológico vinculado con la idea de perder este ítem cotidiano, pero a mi juicio es mucho más difícil resolver el problema de morirse de hambre que tener que ducharse o usar un bidé después de ir al baño. Tardarías más, eso sí, pero ya que estamos todos encerrados no es que tengamos mucha prisa.

Tengo que meditar un poco para no entrar en pánico.

En fin, volvamos al supermercado. Durante estos momentos intranquilos me acuerdo que vivo solo y lejos de mi familia, y tengo que meditar un poco para no entrar en pánico. Tenía que dominar esta habilidad durante la semana siguiente, porque el día después nos reunieron para contarnos el plan de la empresa para enfrontarnos con estos momentos inseguros. Nos dieron la opción de empezar a currar desde casa, así que un equipo pequeño nos juntamos para implementar nuevos protocolos para facilitar el trabajo a distancia. Durante los siguientes 48 horas tuvimos que configurar herramientas para el acceso a distancia al correo electrónico y al servidor, instalar una nueva aplicación para la gestión de proyectos, herramientas comunicativas, y un servicio online para organizar los equipos. Tuvimos que luego especificar cómo se usaban estas herramientas y contar a nuestros compañeros cómo íbamos a intentar que funcionase este nuevo flujo de trabajo.

Dichos días fueron de los más caóticos que he experimentado jamás, ya que varias consideraciones me presionaban todas a la vez. Tuve que cuidar de mi salud y bienestar personal, asegurándome de tener todos los suministros y medicinas en casa para la cuarentena inminente; tuve que implementar los protocolos para poder teletrabajar; y a la vez tuve que controlar todos los proyectos en curso en el trabajo, manteniendo siempre la producción de manera ininterrumpida.

Ya que los consejos del gobierno cambiaban diariamente, el número de personas en la oficina había caído a unos cinco para el jueves de esa semana. Ese día me fue una locura, porque tuve que configurar mi espacio de trabajo en casa además de estar siempre pendiente para ayudar a la gente con sus problemas que tenían al empezar su primer experiencia de teletrabajo.

Dejé una nota pegada a mi puerta para recordarme a no salir y me preparé para el comienzo de una vida bajo la cuarentena.

El viernes llegó y con él el cierre total de nuestra oficina. Todavía no había ningún decreto de cuarentena oficial del gobierno, pero muchos decidimos que el viernes sería el primer día de nuestro confinamiento. Apenas 24 horas antes de la declaración del estado de alarma, bloqueé mi puerta, dejé una nota pegada a ella para recordarme a no salir y me preparé para el comienzo de una vida bajo la cuarentena.

La vida en casa

El viernes fue el primer día de trabajo en casa y mi viaje al trabajo se redujo de una hora a los cinco segundos que tardo en moverme de mi habitación a mi salón. Esto me deja quedarme durmiendo una hora más, lo cual fue muy bienvenido, y arranqué mi cuarentena con una energía optimista que pronto me haría falta.

Trabajar desde casa ha supuesto una experiencia positiva en general, con sus altas y bajas como se espera. Hemos tenido que organizarnos más para que esto funcione, y eso ha ayudado a que las cosas fluyan mejor, pero luego problemitas como conexiones lentas nos frenan un poco. No voy a detallar mucho más las tribulaciones del teletrabajo, sin embargo, porque opino que los ratos que paso encerrado en casa pero sin trabajar son mucho más interesantes.

Digo eso porque no creo que la cuarentena haya afectado fundamentalmente mi vida laboral. En el trabajo, siempre he sido restringido a un lugar específico y una actividad específica: debo estar en la oficina y debo estar trabajando. La cuarentena me tiene encerrado en casa, pero aún así tengo que estar en un lugar específico (en el portátil) y tengo que realizar una actividad específica (mi trabajo). Nada ha cambiado realmente.

No creo que la cuarentena haya afectado fundamentalmente mi vida laboral.

Una vez me desconecto al acabar, sin embargo, la cosas sí que han cambiado. El viaje de ida y vuelta a la oficina, del cual me he quejado sin parar en en pasado, por lo menos servía para físicamente y mentalmente separarme del trabajo. Para mi propio bienestar, sigo adhiriendo a mi regla de desconectarme completamente al acabar el día laboral, pero el acto de guardar mi portátil en un armario no supone la misma experiencia física que separa los estreses laborales de mi casa, un espacio que debería ser para descansar y recuperar.

Siempre he asociado estados de humor con distintos espacios físicos, y es por eso que dejé de estudiar en la cama y el por qué nunca me ha llamado la atención la idea de trabajar desde casa. Si paso ocho horas agobiándome en el salón, luego me es imposible descansar con una copa de vino viendo la tele en ese mismo espacio. Cuando trabajaba en proyectos freelance desde mi cama en el Reino Unido, después de trabajar me resultaba imposible dejar de pensar y dormirme, por lo cual eventualmente empecé a trabajar en la cocina (para el enfado de mi pobre madre).

Si dispusiera de otro espacio separado en mi piso, quizás no tendría tantas reservaciones en trabajar y vivir en el mismo lugar, pero por ahora tengo que buscarme la vida con el espacio que tengo. No me dejo trabajar en cualquier sitio que no sea mi mesa y me obligo a largarme de dicha mesa inmediatamente después de guardar el portátil. No es mucho, pero los detalles pequeños se amplían por mil ahora que la mayoría de mi vida cotidiana se pasa dentro de 40m².

Siempre he asociado estados de humor con distintos espacios físicos.

Mi piso no es el mejor sitio en el que estar encerrado, pero claro que nunca consideraba la posibilidad de trabajar desde casa cuando andaba buscando una casa aquí en Madrid. Quería un salón separado de la habitación para tener privacidad durante visitas, pero no me importaba tener un balcón ni vistas a la calle, ya que soy más de salir y disfrutar el ambiente en pie durante las tardes veraniegas o los días frescos del invierno. De hecho, me quedé feliz al encontrar un piso interior, porque podía disfrutar de un silencio en casa, perfecto para descansar después de trabajar or pasear por la ciudad.

Como bien podéis imaginaros, esta decisión no ha sido ideal durante esta época de cuarentena. Mientras el pueblo sale a su balcón para aplaudir a las 8pm, o hasta para cantar y bailar juntos, tengo que apañarme con una vista sobre las ventanas de mis vecinos y un cuadrado pequeño del cielo que se puede ver al extenderme la cabeza por la ventana. He de dar las gracias por tener un piso situado en la tercera planta de un edificio de cuatro plantas, que por eso por lo menos me entran rayos de sol y mucha luz durante el día.

Intento no quejarme excesivamente, no obstante, porque bien sé que hay mucha gente en situaciones más graves. Tengo amigos que están intentando estudiar, otros que han tenido que pedir ayuda financiera del gobierno por no poder trabajar y otros que – por una razón u otra – ni pueden pedir dicha ayuda. Si me pillo enfadado en algún momento por mis problemas relativamente pequeños, intento poner en perspectiva mi situación.

También tengo una variedad de maneras de animarme, entre las que quedan llamadas a mi familia y amigos de todo el mundo, junto con hacer un poco de ejercicio, ver la tele, cocinar, hornear pasteles y hasta un intento a aprender cosas nuevas. He intentado refinar mi tortilla de patatas, mejorar mis habilidades en Photoshop y avanzar con las clases de irlandés en Duolingo. Debo subrayar, sin embargo, que no me estoy presionando demasiado para ser lo más productivo posible. Lo digo porque he visto muchas publicaciones bienintencionadas que nos urgen a que seamos lo más productivos posible durante esta cuarentena, pero creo que es importe recordar que estamos todos intentando sacar el mayor partido de una crisis global – que no nos regañemos si no acabamos hablando otro idioma al final.

La mejor manera de animarme ha sido la oportunidad rara de salir de la casa, porque soy una persona bastante claustrofóbica y he entrado un pánico un par de veces al acordarme que no puedo salir del piso. Ha sido hasta gracioso ver las tareas de las cuales me quejaba antes convertirse en unas oportunidades preciosas que iluminan mi día. Es un arma de doble filo, sin embargo, y ahora explicaré el por qué.

La vida fuera de casa

El acto de salir de la casa es una experiencia agridulce, y puede que no sea por las razones que te imaginas. El aislamiento y la soledad de quedarme siempre en el piso puede agobiar, pero el saber que estoy aislado del virus puede también suponer un gran confort. Salir del piso, o sea para comprar comida o sea para coger medicinas (las dos razones por las cuales puedo salir), puede estresar un poco. No tengo ni una mascarilla ni guantes, así que ando siempre consciente de mantener la distancia de seguridad entre mí y los demás, que suele ser para su seguridad más que la mía. A veces entro en bucle al repetir mentalmente las mantras del contacto social seguro: mantén una distancia de 2 metros, no te toques la cara, tose en el codo…

Estas consideraciones pueden drenar la mente, pero no forman la razón principal por la cual el mundo exterior ahora me deja con sentimientos agridulces. Intentaré explicar cómo las dos maneras de ver el mundo exterior mientras paseo por las calles pueden o animarme o entristecerme en igual medida.

El mundo exterior ahora me deja con sentimientos agridulces.

Naturalmente es un gusto estar en la calle. Está guay poder hablar con alguien, pasar por los rayos de sol y hacer un poco de ejercicio. Es bonito ver el mundo seguir adelante lo máximo posible y la gente seguir las nuevas normas y trabajar juntos para protegerse uno a otro. El otro día, de hecho, salí de una tienda a las 8pm por casualidad, y me encontré en una calle viva con el sonido de aplausos y ovaciones.

La combinación paradójica de un aire de normalidad mezclado con estas efusiones extraordinarias de espíritu comunitario tiene como consecuencia un efecto calmante y animador a la vez, y hacen que estas excursiones sean tan agradables. También existe la tónica del recordatorio que no estoy 100% atrapado en mi piso, lo cual relaja a mi mente claustrofóbica.

Hay otra manera de ver las cosas, sin embargo, mientras camino por las calles de la ciudad callada. Da igual cuanto uno quisiera aferrase a estos vistazos de la vida cotidiana, siempre hay algo raro. Hay gente en las calles, pero nadie se detiene a conversar. No hay saludos a desconocidos y las sonrisas amigables de uno a otro quedan ya escondidas detrás de las mascarillas. Esto me resulta conmovedor, ya que lo abierta y charladora que es la gente española siempre me ha parecido muy bonito, y ver esta energía extinguida es solemnizador.

Luego hay las calles llenas de empresas cerradas. Bares, restaurantes, librerías, florerías, panaderías, tiendas de regalo – en mi barrio hay todo tipo de servicios que conllevan una energía y vida a la zona. Ahora, un silencio ha caído, y la textura de los bienes expuestos en los ventanales ya se ha quedado aplanada al convertirse en un muro de postigos. También me inquieta la posibilidad de que muchas de estas empresas no sobrevivan la crisis financiara que este brote causará, especialmente cuando se tiene en cuenta que la mayoría de las empresas locales son independientes.

Esta posibilidad también invoca otro desasosiego, cuando me doy cuenta de que lo que consideraba que era mi vida cotidiana quizás no vuelva a serlo. Hay la posibilidad horrible de que no vuelvan a abrir unos de mis sitios favoritos como la terraza de un bar local, la panadería debajo de mi piso y un bar libanés. Justo cuando empezaba a sentirme cómodo con mi nueva vida aquí en España, haciendo amigos y formando rutinas, parece que la crisis me está descolocando un poco. Repito e insisto que yo, por supuesto, no estoy en la peor situación, pero aún así me deja algo desanimado.

La crisis me está descolocando un poco.

Otros detalles pequeños también revelan que no está todo bien, como el “muchas gracias, hasta luego” del cajero en el supermercado que ya se dice desde detrás de una mascarilla y una pantalla enorme de plástico transparente colgado entre él y yo. Hay líneas marcadas en el suelo de las farmacias y las tiendas, indicando cómo se debería desplazarse la gente y cuánto distancia hay que mantenerse mientras se hace la cola. Hay guardias de seguridad en las entradas de las tiendas, dirigiendo el flujo de personas y obligándonos a ponernos guantes y desinfectar los carritos con gel de alcohol antes de entrar. Los anuncios en los altavoces nos recuerdan que no se debe almacenar comida, hay bastantes estanterías vacías y unas zonas de autoservicio como el horno o la carnicería se han cerrado o ya solo disponen de productos ya empaquetados.

Como digo, puede variar el estado de ánimo en el cual me encuentro al salir de mi casa según mi manera de ver las cosas, y eso puede variar de una excursión para otra. Una noche saqué la basura a una calle oscura y sin vida. Otra vez, vi unos globos multicolores y mensajes de “todo irá bien” y me quedé hablando con un grupo de señoras – manteniendo siempre los dos metros de espacio entre nosotros, por supuesto. A veces una excursión fuera de mi casa puede suponer una montaña rusa de emociones, porque puede que hable con la gente mientras hago la compra, quizás pase por restaurantes cerrados y terrazas ensuciadas por pilas de hojas muertas y luego tal vez me anime la música alegre que sale de las ventanas abiertas.

Lo que está por venir

Nadie puede predecir qué pasará después de todo esto. No sé hasta que punto volveremos a la normalidad, tanto por el incertidumbre financiero como los riesgos supuestos por el levantamiento eventual de la cuarentena. El gobierno ha enfatizado que aquel levantamiento del estado de alarma será despacio y gradual, indicando que ciertas actividades se irán permitiendo con la caída del número de casos, con el fin de dejar que la gente tenga su libertad sin colapsar el sistema sanitario.

Hablando del sistema sanitario, ahora haré algo que no me gusta hacer en mi blog: voy a hablar de la política. A los que están en el RU, pido que no abuséis de las libertades que os ha dejado el gobierno. De hecho, seas de donde seas, y sin importar cuantas ganas tienes de ver a tu familia, pasar un rato con tu pareja o quedar con amigos: no lo hagas. Quédate en casa. No seas tan egoísta como para justificarlo diciendo que ni tú ni los con los que quedas seréis afectos. Puede que los demás sufran por causa de ti. Es nuestra responsabilidad colectiva para mantener las camas libres en los hospitales para los que realmente las necesiten.

Seas de donde seas, por favor, quédate en casa.

Repito lo he reiterado a lo largo de esta entrada de blog: yo tengo suerte. Puedo trabajar desde la seguridad y confort de mi propia casa. Me gustaría dar las gracias y demostrar mi gratitud a todos los trabajadores que siguen trabajando para que sigan en pie los servicios esenciales. Recordemos que suelen ser las personas que históricamente han sido menospreciadas, y que suelen seguir cobrando muy poco por realizar tareas que – apenas ahora nos estamos dando cuenta – son esenciales. Una vez pasado todo esto, quizás vaya a tocar que hagamos responsables a los que tienen poder para que prioricen lo que realmente es esencial, como el sistema sanitario público y las otras profesiones que no han podido cerrar y quedarse en casa durante esta cuarentena.

También huyo de llamar “heroes” a estos trabajadores, porque eso implicaría que les quede una alternativa a trabajar. Con el pueblo encerrado en su casa y muchos obligados por ley a quedarse en casa, a muchos no les queda otra que salir y trabajar en condiciones no ideales solo para mantener los ingresos. Tampoco me gusta que los políticos y los privilegiados les llamen heroes, solo para luego negar a recompensarles por su trabajo. No estoy cuestionando nada la valentía y estoicismo de estas personas – se merecen todo el elogio y reconocimiento del mundo – pero creo que llamarles de heroes es un gesto superficial cuando no les queda otra y cuando no son recompensados por su contribución inestimable por los que supuestamente les están alabando.

En fin, y para concluir, me gustaría desearos a todos una primavera feliz y saludable. Estoy de buena salud y de buen humor, y deseo lo mismo para ti y para todos los que conoces. En estos tiempos extraños, tenemos que hablar abiertamente sobre cómo nos sentimos, y mantener el contacto entre nosotros lo más posible. Aunque al llamar a mis amigos solo nos quedamos quejándonos de la cuarentena, dicen que un problema compartido es un problema dividido.

Gracias a todos los que me habéis llamado para chequear que tal estoy, y gracias también a todos mis amigos y familiares que habéis tenido que aguantar mis videollamadas constantes cuando me falte compañía aquí en casa.

Todo irá bien.

La vida precuarentena

21.03.20 — Madrid

A diferencia de mi última entrada de blog, en la cual hablé de un viaje sobre Europa a Ámsterdam, os escribo desde un país en cuarentena. Con la prohibición de cualquier viaje que no sea de primera necesidad, ahora me encuentro encerrado en mi piso hasta nuevo aviso.

Es una época sobria, y algo del que hablaré en otra entrada más pensativa que escribiré luego, pero por ahora me voy a centrar en lo positivo. Tengo unas noticias divertidas desde antes de la implementación de estas medidas, y también debería reconocer a todos mis compañeros que forman el equipo de Erretres – en unos pocos días, hemos conseguido realizar una transformación digital que ya nos ha permitido a todos trabajar desde casa y ser tan productivo como siempre. ¡Equipazo!

En fin, volvamos a la vida precuarentena que aproveché al máximo sin darme cuenta ¡pero menos mal que lo hice! A diferencia del frío de Ámsterdam, Madrid estaba empezando a calentarse un poco, así que salía bastante a caminar por las calles y empaparme en el ambiente de la ciudad. Una noche, bajé al río para ver la puesta del sol y seguir leyendo mi libro, que lo tenía algo abandonado por haber optado por viajar a la oficina en el coche de una compañera en vez de coger el tren.

The sun sets on a red building in Madrid, with trees and a fountain in the foreground.
La Puerta del Sol in Madrid, with the famous Tío Pepe neon sign.
Old text on an orange facade reading "Mercado Santa María de la Cabeza".

En la oficina, me presentaron con una sorpresa muy bonita, un regalo enviado por la U-Tad como gracias por mi participación como ponente en el Prisma Design Fest hace unas semanas, un evento que documenté después en una entrada de blog. ¡Me encanta mi nuevo boli y este libro fabuloso!

A pen in a box and Spin 360 design book.

El finde siguiente, subí al barrio pijo de Salamanca para verme con Soyoung, una ex compañera de Erretres. Nos reunimos en una cafetería bonita para comer y ponernos al día, hablando de nuestra vida laboral y como es ser una mujer casada después de su boda preciosa el año pasado.

I sit next to a large stand with different brunch dishes on it.

Me creo una pija de esas que siempre salen a comer por ahí.

Durante la comida, hablamos de su familia en Corea del Sur y como el coronavirus justo empezaba a propagarse allí, y en ese momento no teníamos ni idea de cómo vendría a cambiar todo aquí en España.

El próximo finde sería, sin saberlo nadie en el momento, el último finde de libertad durante un rato. Por suerte, dos amigos cumplieron años esa semana, así que los días se llenaron con quedadas con muy buena compañía.

Esta serie de travesuras empezó con el espectáculo “La jaula de las locas”, una obra divertidísima protagonizada por drags. Habiendo comprado unos asientos más baratos, Bogar (el cumpleañero), Hugo y yo flipamos al ser informado que podíamos coger unos asientos mejores sin coste extra, así que nos sentamos al lado del escenario y disfrutamos de las horas de escándalo y muchísimas risas.

A curtain on a stage reads "La jaula de las locas".
Hugo, Bogar, and I pose for a photo at the theatre.

Unos pocos días después volví a salir por la ciudad, porque Luis cumplió años también, y tenía muchas ganas de volverle a ver después de su salida de Erretres hace un rato. Un grupo nos reunimos en un bar en Lavapiés y nos pusimos a charlar, tomar unas cañas, picar y mearnos de la risa cuando Luis abrió unos regalos (incluido un pie amputado de plástico, a ver si lo veis en la foto abajo).

Ya que las celebraciones habían empezado a las 2pm, fui naif en suponer que íbamos a poder volver a casa para echar la siesta entre la comida y la fiesta luego, pero me había equivocado. Me dijeron que íbamos a una fiesta que se llama Tortilla, llamada así porque te ponen un pincho de tortilla en la barra del club.

Tras un viaje de risas en el taxi, durante el cual los amigos de Luis me hacían preguntas sobre mi experiencia en España, llegamos al club. Me dijeron que en este club te echan a las 11pm – ¡así me gusta! Entramos, se unieron más colegas y compañeros y bailamos hasta las 10pm, cuando me despedí y cogí el metro de vuelta a casa. Ay, ¡si todas las fiestas acabasen de una manera tan civil!

The sun sets over the financial district in the north of Madrid.

Por haber salido con Luis y compañía aquella noche, no conseguí unirme a la segunda noche de celebraciones del cumpleaños de Bogar, pero le había conseguido un regalazo para compensárselo: una visita a Hammam Al Ándalus, unos baños árabes escondidos en el centro de Madrid.

Naturalmente no tengo ninguna foto de la visita, pero lo pasamos muy bien y fue una oportunidad para desconectarnos, bañarnos y disfrutar un masaje relajante justo en el mismo momento que el pánico sobre el coronavirus estaba llegando en España. Sí tengo fotos, sin embargo, de los churros que nos comimos después de una comida pos-baños – ¡igual fue un error reservar una visita de dos horas a las 2pm sin haber comido antes!

No hay como una ración enorme de churros después de comer.

Churros and chocolate.

Después de un finde tan bonito, la semana profética empezó. El lunes empezamos como siempre y el viernes el país entero ya estaba en su casa y la cuarentena obligatoria. Como mencioné al empezar esta entrada, luego escribiré otra entrada durante estos días (que quizás se conviertan en semanas) sobre el cambio brutal del teletrabajo y cómo es estar en casa solo.

Pero vamos, no está todo mal – he podido volver a sacar mi juego favorito, Roller Coaster Tycoon 3, y hay otra temporada de Élite en Netflix. También es viernes por la noche y ahora sí que hay una excusa perfecta para quedarme en casa y abrir una botella de vino para una noche de mimarme. ¡No hay mal que por bien no venga!

Ámsterdam

15.03.20 — Ámsterdam

Como mencioné al final de mi última entrada de blog, Un sinfín de eventos de diseño, y alineado con el tema de dicha entrada, pasé el finde pasado en los Países Bajos, donde asistí a la conferencia de a los Awwwards, una serie de charlas sobre el diseño digital. Erretres nos financió el viaje, así que mi compañera Zoe y yo volamos de Madrid a Ámsterdam el miércoles por la noche.

Por las semanas locas antes del viaje, no había investigado mucho este país que nunca había visitado, así que llegué sin saber si usan el euro o no, dónde exactamente estaba el hostel ni como íbamos a llegar al centro desde el aeropuerto. Hubo mismo caos también al hacerme la mochila, pasé media hora la noche antes de volar metiendo cosas en la mochila al azar.

En resumen, el viaje entero fue bastante espontáneo y caótico, pero esto fue algo reconfortante.

Llegamos en Ámsterdam sobre medianoche, y sacamos el Google Maps para que nos guiase al hostal. Subimos a un bus y descubrimos el primer ejemplo de muchos servicios que solo aceptan pago con tarjeta, y eventualmente llegamos al centro.

Al encontrar el hostal, no nos deteníamos en tumbarnos, ya que teníamos que estar en el Teatro DeLaMar a las 8 de la mañana siguiente para registrarnos, coger los pases y encontrar un asiento para la conferencia.

Dicha mañana salió muy bien: conseguí estar despierto, duchado y esperando a Zoe en la puerta del hostal a la hora acordada. Los dos fuimos de camino al teatro, viendo las primeras vistas de la ciudad por día. Google Maps luego nos falló, llevándonos por un callejón a dos cuadras de la entrada de dónde teníamos que estar.

Al llegar al teatro y una vez cogimos un tote lleno de regalos, cogimos nuestros asientos en el auditorio y esperamos que las charlas empezaran…

A harpist plays music on the stage at the Awwwards Conference in Amsterdam.

El primer día consistió en unas presentaciones molonas de unos ponentes muy interesantes, con temas como los trucos de UX y el estado actual de la accesibilidad, e incluso unos trucos de como superar los bloqueos creativos y construir fuertes equipos de diseño. Entre las charlas, Zoe y yo acabamos hablando con un tío de los Países Bajos, y también descubrimos algo muy importante: un supermercado local en el cual comprar algo de desayuno.

The auditorium of the DeLaMar theatre in Amsterdam is filled with attendees of the Awwwards Conference.

Después de las charlas, los dos volvimos al hostal para echar la siesta, porque habíamos quedado en acercarnos a otro evento de networking en el centro después. Fue una introducción extraña a esta nueva ciudad, porque la conferencia era en las afueras de Ámsterdam, y la primera vez que entramos en las calles bisecadas por canales fue durante la noche.

Cogimos una tranvía a dicho evento que tuvo lugar en una azotea de una oficina, un sitio que no encontrábamos gracias a Google Maps que volvió a funcionar mal. Llegamos a la conclusión de que a Google Maps no le gusta Ámsterdam nada, pero no nos importó mucho ya que llegamos antes de que la comida se hubiera acabado.

La noche consistió en unas horas interesantes más, con unas presentaciones sobre herramientas nuevas, una charla sobre el copywriting y la oportunidad de haber con los ponentes del día. Nos pusimos a charlas con el director creativo de Büro, un estudio de diseño de Oporto en Portugal que siempre me ha flipado, y también con los desarrolladores de Framer, una nueva herramienta para el diseño interactivo. También descubrí la maravilla que es Chocomel, una marca de leche de chocolate que empecé a beber al descubrir que la única cerveza que tenían fue Heineken. Puaj.

Wooden slats between two buildings with the morning sky in the background.

El segundo día empezó con cielos más claros y hasta unos rayos de sol, pero la ciudad se quedó helada. Cuando no conseguí hacer contacto con Zoe, me fui al evento solo, sacando unas fotos y cogiendo un desayuno en el camino.

A Mini Cooper, a bicycle, and an old gas lamp in front of old red brick houses in Amsterdam.
A blue tourist boat sits docked in a canal in Amsterdam, with the light of dawn breaking in the sky above.
The sun rises over the streets of Amsterdam.

Cuando encontré a Zoe, que se había quedado sin internet gracias a la conexión de WiFi inestable en el hostal, disfrutamos el segundo día de charlas y otra ronda de ponentes carismáticos que nos contaron sus experiencias personales y unos trucos para navegar no solo el mundo del diseño digital, sino la industria en general.

Después de la presentación de los premiso Awwwards en sí, los cuales se dan por el mejor sitio web y otras categorías, la conferencia había acabado oficialmente, así que repetimos la rutina del día anterior: volvimos al hostal, echamos la siesta y salimos a otro after. Esta vez fue el after oficial, en el cual nos pusimos a hablar con un tío de Canadá, y luego unas diseñadoras de Bielorrusia y Alemania.

No nos quedamos muy tarde, porque el sábado queríamos explorar la ciudad. Como decía antes, era un poco raro todo: al despertarme el sábado por la mañana, me di cuenta de que había estado en la ciudad durante 48 horas ¡pero aún no había visto nada!

Para cambiar ese hecho, Zoe y yo nos volvimos a reunir y fuimos al centro, donde habíamos quedado con dos amigos suyos que también estaban visitando. Después de encontrar nuestro sitio elegido llenísimo y con una lista de espera de más de 45 minutos, buscamos otro restaurante en el cual comer.

A canal and streets in the centre of Amsterdam, set below a grey sky.

Los amigos de Zoe nos encontraron allí, y nos pusimos a hablar de todo, desde el diseño y la vida en el RU hasta su experiencia como profesores. Los cuatro luego fuimos a explorar la ciudad, vagando por las calles curiosas y pasando por sus casas altas, estrechas y torcidas.

The wonky houses of Amsterdam.
A canal winds through the streets of Amsterdam.

Nos informaron que la apariencia torcida de dichas casas es debida al asentamiento inconsistente de las pilas de madera que forman los cimientos. Adiviné que las grúas instaladas en los techos de cada edificio servían para subir cosas pesadas a las plantas superiores, porque las casas tienen escaleras muy inclinadas así que hubiera sido imposible subir un sofá por los escalones. Esta revelación me vino cuando pasamos por un grupo de amigos que iban subiendo secciones de su nuevo sofá por la fachada de su casa y hacía otro amigo que colgaba de una ventana.

The streets of the red light district of Amsterdam.
A church spire between the tall, crooked buildings of central Amsterdam.

Suelo intentar alinear las líneas rectas de mis fotos, pero esto fue imposible en esta ciudad.

Tras explorar el barrio chino y la estación de trenes en el centro, los cuatro teníamos hambre, así que fuimos a Sotto, una pizzería que el amigo de Zoe había encontrado online. El sitio era un poco lejos, pero valió la pena del viaje, porque disfrutamos de una selección de pizzas finas y muy ricas.

Sotto Pizza in Amsterdam.

Después de comer, volvimos al centro, y pronto nos encontramos haciendo cola para probar las tortitas tradicionales neerlandesas en otro sitio encontrado por el amigo de Zoe. Pedí una tortita de crumble de manzana, y resulta que era una descripción muy literal: ¡mi tortita llevó una bola de helado y medio crumble de manzana encima!

Este postre inmenso nos dejó a todos con ganas de ir andando para bajarlo, así que salimos en la oscuridad para explorar una zona de la cuidad en la cual no habíamos entrado: el barrio rojo. Con el aroma de marihuana persiguiéndonos y los ventanales famosos, fue una experiencia muy única.

Me preguntaba antes si me iba a asustar esta actitud liberal hacía las drogas y la prostitución, pero la veía muy nueva e interesante. Las calles del barrio eran muy animadas y llenas de gente de todos lados, y entramos en bares y pubs para tomar algo y charlar .

El barrio rojo no me asustó como pensaba.

Amsterdam's red light district by night.

Todo lo bueno se acaba, sin embargo, así que después de la última copa en uno de los bares, Zoe y yo nos despedimos de sus amigos y volvimos al hostal par dormir antes de nuestro vuelo de vuelta a Madrid el domingo por la mañana. El viaje fue mucho menos interesante que el de ida, principalmente porque sabíamos a donde íbamos y no nos acabamos preguntando qué moneda se usa ni si nos iban a cobrar por usar nuestras tarjetas de débito españolas en el extranjero…

Bueno, a pesar de estar muy poco preparado para este viaje a Ámsterdam, me la pasé muy bien en la ciudad. Me gustaría volver durante el verano, no obstante, ya que el frío, viento y lluvia sin parar no presentó a los Países Bajos de la mejor forma. Eso me viene bien, sin embargo, ¡porque ya tengo una excusa para volver! Hasta la próxima, Ámsterdam.